Terry Bollea jamás necesitó presentación. Bastaba con una camiseta rota, un bigote de herradura y el grito de “Whatcha gonna do, brother?” para que multitudes corearan su nombre como si fueran feligreses de una iglesia cuyo único credo era el de Hulkamania. Pero el ídolo de los ochenta, el hombre que convirtió la lucha libre en espectáculo global y que luego abrazó el trumpismo con tanta fuerza como abrazaba a André el Gigante en el ring, murió este lunes a los 71 años.
Lo confirmó su agente de toda la vida y lo lamentó Ric Flair, su hermano del cuadrilátero. Murió en Clearwater, Florida, después de un paro cardíaco. Aunque las alertas sobre su salud venían sonando desde hace semanas, el anuncio no dejó de sentirse como un fin de era. Murió Hogan, pero también murió una versión caricaturesca y magnética de lo que Estados Unidos alguna vez quiso ser: fuerte, blanco, gritón, invencible.
En los ochenta, Hogan no solo dominaba los rings del WWF, también invadía el cine, los dibujos animados y los videoclips. Era omnipresente. Decía que oraras, que comieras tus vitaminas, que creyeras en ti. Su nombre era una marca, su cuerpo una mercancía. La cultura pop lo adoptó como símbolo de la testosterona patriótica y lo elevó al panteón de los íconos masivos. Hasta que, como suele pasar con los mitos, todo se desmoronó.
Primero fue el juicio contra Gawker por la filtración de un video sexual, que terminó en una indemnización histórica financiada por Peter Thiel. Luego, un audio filtrado con insultos racistas. WWE lo borró de su historia con la misma velocidad con que antes le había rendido culto. Pero no por mucho: Hogan volvió en 2018, como vuelven todos los espectros que Estados Unidos se resiste a exorcizar.
En sus últimos años, se convirtió en héroe de la derecha MAGA. Apoyó a Trump, habló en convenciones republicanas, y cerró su círculo vital como lo había comenzado: como un espectáculo. Esta vez, político. Porque Hogan siempre fue más personaje que persona.
En su despedida, Trump escribió que el Hulkster era “MAGA hasta los huesos” y que el mundo había perdido un “gran amigo”. Tal vez tenía razón. Porque Hogan representó durante décadas a un tipo de masculinidad, de patriotismo y de show business que supo encantar a millones. Un símbolo de excesos, músculos y melodrama, que, para bien o para mal, marcó la cultura pop como pocos.
Hoy el ring está vacío. Pero la leyenda —como toda buena telenovela gringa— nunca muere del todo.