La sesión de práctica más esperada del Australian Open 2026 no pertenece a un jugador en activo. Pertenece a Roger Federer, retirado desde hace tres años y medio, y aun así capaz de llenar la Rod Laver Arena un viernes por la tarde como si estuviera por disputar una final. No hay asientos libres en las gradas bajas ni en la parte inferior del anillo superior. Los rezagados miran desde lo más alto, entrecerrando los ojos, buscando una silueta que conocen de memoria. Federer entra a la cancha y el estadio responde como si nunca se hubiera ido.
La escena se repite fuera del court. Su conferencia de prensa convoca a más periodistas que las de Carlos Alcaraz, Aryna Sabalenka, Jannik Sinner o Naomi Osaka. Cuando logra escapar del protocolo, un grupo de fans lo espera bajo un balcón, teléfonos en alto, atentos a cada gesto. El interés por su tenis se ha transformado en interés por su voz. Lo que dice Federer sigue importando más que lo que dicen muchos de los protagonistas del presente.
Ese peso simbólico no está exento de fricción. En octubre pasado, una declaración suya —la sospecha de que los directores de torneo ralentizan las canchas para favorecer a Sinner y Alcaraz— alimenta teorías conspirativas que los datos contradicen. Días después, una explicación técnica y mesurada sobre Grigor Dimitrov y Wimbledon provoca indignación digital: demasiados leen arrogancia donde hay experiencia. Como si un jugador históricamente brillante no tuviera derecho a pensar cómo ganaría un partido.
Porque no todos aman a Federer. Y, sin embargo, casi todos reaccionan a él. Su figura sigue operando como un espejo incómodo para el tenis contemporáneo: recuerda una era de dominio elegante, pero también expone las tensiones actuales entre legado, narrativa y fandom hiperconectado. Federer ya no compite, pero reanima algo esencial. No juega puntos, pero mueve multitudes. En Melbourne, su presencia confirma una verdad incómoda y persistente: algunas leyendas no se retiran del todo. Simplemente cambian de forma.