Hay decisiones empresariales que pasan desapercibidas y otras que, sin aspavientos, marcan el cierre simbólico de una época. La Constancia dejó de producir las cervezas Regia y Suprema, y con ello concluye un proceso iniciado hace casi una década, cuando el mapa cervecero salvadoreño comenzó a redibujarse por mandato regulatorio.
El anuncio, hecho oficial el 28 de enero, confirma la finalización del contrato de prestación de servicios mediante el cual La Constancia manufacturó ambas marcas para Cervecería Salvadoreña, propietaria de Regia y Suprema desde 2018. A partir de ahora, la producción queda exclusivamente en manos de su dueño original, cerrando una etapa transitoria que se extendió más de lo previsto.
La venta de Regia y Suprema no fue una decisión espontánea ni estratégica en términos creativos, sino el resultado de un proceso de desinversión ordenado por la Superintendencia de Competencia. La condición era clara: permitir la concentración entre AB InBev y SABMiller —matriz de La Constancia— exigía desprenderse de marcas y activos para preservar la competencia en el mercado local.
El acuerdo incluyó una cláusula de transición: hasta seis años para que Cervecería Salvadoreña construyera su propia capacidad productiva. La pandemia alteró los tiempos, y el regulador concedió una prórroga de 18 meses. Ese plazo ya venció.
Más allá de la logística industrial, el hecho tiene un peso cultural. Regia y Suprema fueron, durante años, parte del portafolio emocional de La Constancia. Hoy, su salida definitiva no es una ruptura abrupta, sino el cierre ordenado de una historia que el mercado —y la regulación— ya habían decidido terminar.