Hay noches en las que uno no quiere pensar en cosas serias. No quiere análisis político, no quiere crisis globales ni titulares que le recuerden que todo es urgente. Quiere reírse. Y por eso volver a ver una obra de Black Coyote se siente distinto. Es como ir al teatro sin tomárselo tan en serio. Pero lo curioso es que, detrás de esa aparente ligereza, suele haber una apuesta técnica que termina siendo más compleja que muchas obras solemnes que se toman demasiado en serio.
Hay comedias que dependen del timing. Y luego está Peter Pan Goes Wrong, una obra que depende de que absolutamente todo falle perfectamente.
Lo que comenzó en Londres como una producción de la compañía británica Mischief Theatre se convirtió en un fenómeno global. Primero fue The Play That Goes Wrong. Después vino Peter Pan Goes Wrong. Más tarde llegaron especiales televisivos para la BBC e incluso una versión filmada que logró trasladar el lenguaje del teatro físico a la pantalla sin perder la sensación de estar viendo algo en vivo. La premisa es simple y brillante: una compañía intenta montar un clásico y todo sale mal. Pero ese mal no es improvisado. Es milimétrico.
Montar esa maquinaria en El Salvador no era fácil. Y hacerlo después de dos años fuera del escenario lo convertía en una declaración todavía más clara. Ya habían montado El Show que Sale Mal, así que hacer la secuela parecía natural. Pero regresar con algo así no es conservador; es arriesgado. Black Coyote no volvió con una obra pequeña. Volvió con barcos que se desploman, plataformas giratorias, elementos aéreos, fuego en escena, efectos sonoros cronometrados al milisegundo y una coordinación donde cada error tiene plan A, plan B y plan C.
La plataforma giratoria comenzó a funcionar una semana antes del estreno. Durante semanas, los actores ensayaron con marcas en el suelo mientras el equipo técnico giraba físicamente alrededor de ellos para simular el movimiento. Esa imagen resume la producción: caos ensayado hasta el agotamiento. Como dicen internamente, para que algo salga mal tiene que haber salido bien tres veces.
Detrás de esa insistencia técnica está la visión de Migue Simán, quien no solo dirige, sino que ha convertido el espacio en una plataforma constante de riesgo creativo. Migue ha entendido algo clave: si el teatro salvadoreño quiere evolucionar, tiene que atreverse a hacer cosas que aquí no se han hecho antes. No repetir fórmulas cómodas, sino buscar textos grandes, técnicamente exigentes, con estructuras complejas, y confiar en que el público va a responder. Y ha respondido.

Volver después de dos años con una producción así no es solo una apuesta artística; es una apuesta cultural. Es decir que aquí también se puede.
Y sin embargo, uno entra al teatro no pensando en ingeniería escénica, sino en desconectarse. El nuevo espacio en Millennium Plaza es pequeño, a veces caliente, todavía con sillas que no son las ideales, aunque pronto serán reemplazadas por butacas más cómodas esta semana. Tiene un bar nuevo que convierte la experiencia en algo más cercano, menos solemne. No es el teatro distante donde uno siente que debe comportarse. Es un lugar donde la risa rebota cerca, donde el público casi puede tocar el escenario. Esa intimidad juega a favor de la obra. Cuando un camarote colapsa, se siente real. Cuando un actor pierde el equilibrio, la reacción es inmediata y colectiva.
En el intermedio, en el baño, alguien lo dijo mejor que cualquier reseña: esto sirve para relajarse y pensar en otras cosas. Y esa frase explica por qué la sala se llena. La gente quiere ver teatro. Quiere reírse con desconocidos. Quiere salir de la rutina y permitirse dos horas donde el mayor problema es que un barco se caiga antes de tiempo.
Black Coyote siempre ha sido esa otra plataforma. No se define como una compañía cerrada, sino como un espacio abierto. En diez años, más de setenta artistas han pasado por su escenario. Migue ha insistido en mezclar trayectorias y generaciones, en abrir espacio a nuevos talentos y también en recuperar figuras icónicas.
En esta producción conviven Óscar Guardado, Dinora Alfaro, Bryan Lestrange, Luis Callejas, Marco Chávez, Jesús Suadi, Majo Bustamante, Gabi Rivera y Marce Merino. Hay stand-up, comedia musical, teatro tradicional, radio. Bryan Lestrange trae el ritmo del micrófono abierto; Majo Bustamante aporta musicalidad y timing escénico; Gabi Rivera llega desde la radio y el stand-up emergente. Y luego está el regreso que nadie esperaba: Regina Cañas como Tía Bubu.

La decisión no fue revivir al personaje infantil tal cual, sino preguntarse qué habría pasado con Tía Bubu veinte años después. La respuesta es una versión más irreverente que se roba el escenario en cada aparición, ya sea como narradora o como pirata. No es nostalgia vacía. Es reinterpretación. Es entender que una estructura británica puede adaptarse sin perder su esencia, pero respirando identidad local.
Desde la commedia dell’arte hasta el vodevil y el slapstick del cine mudo, el teatro ha usado el desastre como refugio en tiempos tensos. La caída y el error siempre han sido herramientas para aliviar la presión colectiva. Mischief Theatre revitalizó esa tradición para el siglo XXI. Lo que hace Black Coyote, bajo la dirección de Migue Simán, es demostrar que El Salvador puede participar en esa conversación global sin complejos.
No todo es perfecto. Hay momentos donde el caos se acerca al exceso y algunas réplicas pierden fuerza por intentar demasiado. A veces, la acumulación de gags y de humo amenaza con saturar la escena. Pero incluso en esos desbordes hay honestidad. La obra no pretende ser minimalista ni sutil. Pretende hacerte reír. Y la mayoría de las veces lo logra.
Salir de la función deja una sensación curiosa. En tiempos donde todo parece urgente, reírse durante dos horas se siente casi como un acto de resistencia. Ir a ver Peter Pan Sale Mal no es buscar trascendencia filosófica. Es permitirse que el barco se caiga, que el actor falle, que el sistema colapse, y descubrir que, gracias a una dirección obsesiva y a una plataforma que sigue apostando por lo diferente, el caos puede estar perfectamente bajo control.