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AJ Ramos: el salvadoreño con mayor influencia en la música global

En algún punto entre Nueva Jersey y mucha memoria salvadoreña, AJ Ramos se convirtió en una figura improbable dentro de la industria musical latina. No canta, no produce discos, no aparece en los escenarios. Pero durante dos décadas ha estado allí —en el momento exacto en que un artista comienza a despegar— empujando silenciosamente el siguiente capítulo de la música en español.
Fotografías por John Castillo - @jcastillomedia

“Siempre me dicen que soy un trampolín para los artistas, la música y la cultura en español. Y lo abrazo con humildad. Porque represento el 200%: 100% Estados Unidos y 100% El Salvador. Un puente entre dos mundos, llevando nuestras raíces, nuestra cultura y nuestro sonido a cada espacio donde haya oportunidad de abrir camino.”

La ecuación comienza con sus padres, migrantes salvadoreños del oriente del país —Cacaopera, San Simón, San Miguel— que cruzaron fronteras hacia Estados Unidos buscando una vida distinta. Ramos nació en Nueva Jersey y creció en una casa profundamente salvadoreña, aunque el acento se diluyera entre neoyorquinos, caribeños y mexicanos.

Como ocurre en muchas familias inmigrantes, el futuro estaba trazado de antemano: policía, doctor o farmacéutico. Intentó entre esas tres direcciones.

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Primero entró a la universidad con una beca para estudiar farmacia. No funcionó. Después probó laboratorio clínico. Tampoco. Finalmente se trasladó a la escuela de justicia criminal de Rutgers University, una de las más prestigiosas del país, con la intención de convertirse en abogado o fiscal.

Su vida parecía encaminada hacia los tribunales. Hasta que una noche cualquiera cambió la trayectoria.

Era la época en que el reguetón comenzaba a irrumpir en Estados Unidos. Daddy Yankee sonaba con Gasolina. Wisin & Yandel, Tego Calderón y Don Omar empezaban a definir un nuevo mapa cultural. En Nueva York había nacido una estación que transmitiría aquel sonido para toda una generación: La Kalle 105.9.

AJ fue una noche a la discoteca Copacabana, donde la estación transmitía en vivo. Al salir del lugar, una mujer rubia le preguntó qué pensaba de la nueva emisora. Su amigo —borracho— intentó coquetear. Ramos intervino con una respuesta más concreta: la estación estaba pegando fuerte porque hablaba inglés y español al mismo tiempo.

Minutos después vio el carro de la emisora estacionado.
“Algo en mi corazón me dijo: pregúntales por un trabajo”.

Se acercó, planteó un discurso sobre su amor por el reguetón y su experiencia organizando fiestas universitarias. La mujer rubia resultó ser la jefa de la estación. Le dio su tarjeta y le dijo que llamara el lunes.

No lo hizo. Su mejor amigo Marvelus Fame lo obligó a hacerlo días después. Para entonces el puesto estaba ocupado. AJ insistió durante una semana entera —llamadas, correos, mensajes— hasta que finalmente lo citaron. Así comenzó su carrera.

Durante siete años trabajó en Univisión Radio como una especie de figura híbrida: promotor, estratega de marketing, vendedor, locutor. Un “multi-hyphenate”, como él mismo lo describe. Era la primera ola global del reguetón y Ramos estaba allí, organizando conciertos y aprendiendo la lógica de una industria que crecía a velocidad vertiginosa.

Luego vinieron años de hiperactividad profesional: radio satelital, televisión, dirección de marketing en la Mega 97.9, programas matutinos transmitidos para todo Norteamérica.

Hasta que un día, en medio del éxito, algo se vació.
“Sentía que necesitaba algo distinto”, recuerda. Tras un momento de crisis espiritual, entregó el control de su vida a Dios. Al día siguiente lo despidieron.

Seis meses después se convirtió en el primer latino en trabajar en el lanzamiento de Spotify en Estados Unidos.

Durante cuatro años participó en la construcción de la plataforma que transformaría la industria musical. Cuando Bad Bunny lanzó su primer sencillo —Soy Peor— AJ estaba allí. Lo mismo ocurrió con artistas que luego se convertirían en fenómenos globales: J Balvin, Karol G, Camilo, Rosalía.

“Es fácil apoyar cuando alguien ya está pegado”, dice. “Pero lo bonito es cuando alguien te dice: estaba a punto de rendirme y tu apoyo cambió todo”.

Más tarde llegaría Google.

Hoy AJ trabaja desde YouTube como gerente de relaciones entre artistas, música y cultura latina, un rol que lo coloca en la intersección entre tecnología, industria musical y expansión cultural.

Ha sido reconocido cinco veces por Billboard, incluido en la lista de las personas más influyentes en la cultura latina por The Hollywood Reporter, y ha participado en campañas globales con marcas como Toyota y Nike.

Pero cuando habla de inspiración, vuelve inevitablemente a su madre. Una mujer que cruzó fronteras y cuya ética de trabajo —dice— sigue siendo la brújula de todo.

A veces ella todavía parece sorprendida cuando la gente le pide fotos con su hijo. Para AJ, ese desconcierto resume bien el viaje. Veinte años en la industria, empujando artistas hacia el mundo, pero todavía con la sensación de que lo importante no es la fama. Sino el proceso.

Porque, como repite a los jóvenes salvadoreños que le podrían escribir buscando consejo: el éxito no empieza con un título. Empieza creyendo que tu historia también merece existir.

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