No soy una persona particularmente religiosa. Nunca he tenido una cercanía profunda con la Biblia o con la fe cristiana. Y, aun así, había algo en “Cuerpo de Cristo” que me llamaba muchísimo la atención. Tal vez era la magnitud de la propuesta: más de 20 actores en escena, una orquesta en vivo, coros, escenografía en movimiento y todo ocurriendo dentro de un espacio relativamente íntimo como Black Coyote. Técnicamente, la obra ya prometía ser una locura. Y lo es.
La nueva puesta en escena dirigida por Migue Siman no intenta reinventar la historia de Jesús. Sería absurdo pedirle eso a uno de los relatos más conocidos de la humanidad. Lo interesante aquí es desde dónde decide contarla: no desde Jesús, sino desde quienes lo rodearon, lo amaron, lo traicionaron, lo negaron o intentaron entenderlo. Ese enfoque le da una humanidad inesperada a una historia que muchas veces se siente distante por lo monumental que es.
Uno entra al teatro sabiendo qué va a pasar. Sabés quién traiciona a Jesús, quién lo niega tres veces y hacia dónde se dirige inevitablemente la historia. Sin embargo, “Cuerpo de Cristo” encuentra maneras de mantenerte atento. No tanto por el “qué”, sino por el “cómo”. ¿Cómo logran mover tantos elementos? ¿Cómo sostienen el ritmo de una producción tan ambiciosa? ¿Cómo hacen que un escenario salvadoreño se sienta, por momentos, cercano a algo que uno imaginaría en Broadway?
Ahí está la verdadera fuerza de la obra: en su valentía.

Porque, más allá de algunos problemas de ritmo en el último tramo —donde las apariciones posteriores a la resurrección se sienten como varios epílogos consecutivos—, la producción nunca deja de impresionar. La sensación constante es de asombro técnico. Entradas, salidas, transiciones, paredes móviles, coros y música en vivo funcionando como una maquinaria perfectamente coordinada. Hay momentos en los que uno deja de pensar en la historia y comienza a preguntarse cómo diablos lograron montar algo así. Y eso también es teatro.
El trabajo musical tiene momentos realmente poderosos. El solo de la soprano Gracia González probablemente sea el punto emocional más alto de la noche; uno de esos momentos donde el escenario desaparece y solo queda la emoción. A nivel visual, el vestuario diseñado por Majo Bustamante aporta muchísimo a la inmersión de la obra. Cada textura, cada túnica y cada detalle artesanal ayudan a construir este universo bíblico sin que se sienta acartonado o artificial.
Pero quizás lo más admirable de “Cuerpo de Cristo” no es únicamente la obra en sí, sino lo que representa para el teatro salvadoreño. La valentía de producir algo de esta escala. La decisión de reunir a decenas de artistas y técnicos para levantar una propuesta tan compleja. La capacidad de Migue Siman de pasar de una comedia absurda como Peter Pan Goes Wrong a una épica religiosa de esta magnitud habla de una versatilidad poco común en la región.
“Cuerpo de Cristo” no necesita que el espectador sea creyente para funcionar. Porque, al final, más allá de la religión, la obra habla sobre algo profundamente humano: la fe, la duda, la traición, el miedo, el amor y la pérdida. Y cuando una historia logra conectar desde ahí, deja de pertenecer únicamente a una religión para convertirse en algo universal.
