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Ponchi y el Mundial

Cuento #6 de la colección digital de Ponchi.
Ilustración por Yaya Flamenco.

Los mundiales son una forma extraña de medir el tiempo.

Hay personas que recuerdan su vida por cumpleaños, mudanzas o trabajos. Yo la recuerdo por Mundiales. Recuerdo dónde estaba en 2002, en 2006, en 2010, en 2014, en 2018 y en 2022. Recuerdo quién estaba sentado a mi lado. Casi siempre era mi papá.

De pequeño, el fútbol existía en mi casa por culpa de él. Veíamos al River, veíamos al Barcelona y, cada cuatro años, nos poníamos la camiseta de Argentina para sufrir juntos. Porque, si algo aprendí temprano, es que seguir a Argentina en los Mundiales era más sufrir que celebrar.

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Seguir a una selección que no es la de tu país es fácil cuando tu país casi nunca va al Mundial. El Salvador solo ha ido dos veces, y eso hizo que Argentina se volviera, poco a poco, nuestra selección.

Creo que eso también me convierte en “fifas”.

No sé si encajo completamente en la definición moderna. Mi obsesión ya no es tan intensa como alguna vez lo fue, pero todavía soy capaz de levantarme a las cinco de la mañana para ver al Manchester United un fin de semana. El fútbol me llevó a lugares inesperados. Comenzó con un grupo de amigos en un blog llamado CuatroTresTres. Después terminé escribiendo sobre fútbol nacional para El Gráfico y colaborando en proyectos para Factum y El Faro.

En Francia, durante mi primer año de universidad, cuando venía de una ruptura amorosa, el fútbol fue refugio. Terminé haciendo radio universitaria en un programa llamado Fútbol del Bueno, donde mi personaje era DJ Bueno. Más tarde, en Barcelona, participé en Cuando ruge la marabunta, un histórico programa radial donde interpretaba a Gonzo la Llama, un jugador latinoamericano que escupía opiniones futboleras a cualquiera que se atreviera a contradecirlo.

Y, si ya era fifas, vivir en Barcelona empeoró la situación. Iba al Camp Nou siempre que podía y me las arreglaba para entrar a cuantos partidos encontraba.

Pero, aunque el fútbol siempre estuvo presente en mi vida, nunca fue una religión.

Jugaba en la selección del colegio y era bastante malo. Siempre disfruté más verlo que practicarlo. Tal vez porque mi atención nunca fue amiga de los noventa minutos seguidos.

Excepto cuando llegaba el Mundial.

Porque el Mundial era otra cosa.

Era verano.

Era despertarse temprano o acostarse tarde, dependiendo del país anfitrión. Era ver partidos de selecciones que jamás volverías a seguir durante cuatro años. Era reunirse con amigos, con familia, discutir alineaciones imposibles, descubrir jugadores desconocidos y adoptar países enteros durante noventa minutos.

Y, sobre todo, era algo que compartía con mi papá.

Él me hablaba de Maradona. No tanto del personaje, sino del jugador. Del tipo que parecía hacer cosas imposibles con una pelota. Crecí escuchando esas historias mientras esperaba que mi generación tuviera algo parecido.

Yo digo que recuerdo Francia 98. Tendría seis años. Pero la verdad es que no sé si lo recuerdo o si recuerdo los recuerdos de los demás. Sé que Argentina eliminó a Inglaterra en penales y que luego cayó ante Holanda. Pero esas imágenes viven más en las historias familiares que en mi memoria.

El primer Mundial que realmente siento mío es Corea-Japón 2002.

Yo tenía diez años y los partidos eran por la mañana. Algo perfecto para mi papá, un workaholic profesional al que siempre le ha gustado madrugar. En el Liceo Francés se transmitían algunos encuentros y se vendían pupusas. Veíamos partidos juntos antes de las clases. Argentina quedó eliminada en fase de grupos y descubrí que seguir a esa selección significaba familiarizarse con la decepción.

En 2006 tenía catorce años y atravesaba mi etapa más futbolera. Recuerdo el gol de Maxi Rodríguez contra México. Recuerdo el grito. Recuerdo el abrazo. Recuerdo celebrar con mi papá como si hubiéramos ganado el torneo. Y también recuerdo la tristeza de quedar eliminados en penales contra Alemania.

En 2010 llegó Sudáfrica. Yo tenía dieciocho años, estaba a punto de salir del colegio, sonaban las canciones de Shakira y las vuvuzelas parecían haberse apoderado del planeta. Argentina volvió a eliminar a México y yo encontré un nuevo villano futbolístico: Alemania. Nos ganó 4-0 y nos humilló.

En 2014 parecía que por fin llegaría la historia perfecta.

Argentina podía ser campeona en Brasil, la casa de su mayor rival. Messi estaba en una final del mundo. Parecía escrito. Mi papá y yo volvimos a sentarnos frente al televisor con la misma ilusión de siempre, con la misma camiseta de siempre.

Pero apareció Götze.

Y apareció otra derrota.

Tal vez la peor de todas.

Porque perder una final duele más cuando ya puedes tocar la copa con las manos.

En 2018 el Mundial regresó a Europa y Argentina llegó a Rusia dando tumbos. Era un equipo extraño que parecía desperdiciar los mejores años de Messi. Clasificó con sufrimiento y terminó cayendo ante Francia en uno de los mejores partidos que he visto en una Copa del Mundo.

Otra eliminación.

Otra conversación después del partido.

Otro Mundial que terminaba antes de lo que queríamos.

Y, sin embargo, cuatro años después volveríamos a estar ahí.

Porque así funcionan los Mundiales.

Uno jura que no volverá a ilusionarse y termina ilusionándose de nuevo.

Entonces llegó Qatar.

El Mundial raro.

El Mundial que se jugó en noviembre y diciembre.

El Mundial que terminó pocos días antes de mi cumpleaños.

Para entonces mi vida ya era distinta. Ya no veía los partidos desde la casa de mis papás. Ya tenía mi propio apartamento. Ya habían pasado más de veinte años desde aquellos partidos que veía medio dormido antes de entrar al colegio.

Pero algo seguía igual.

La camiseta.

Las cábalas.

Y mi papá.

Para entonces ya habíamos acumulado demasiadas derrotas juntos.

Habíamos visto a Alemania eliminarnos una y otra vez.

Habíamos visto finales perdidas.

Habíamos visto a Messi cargar con expectativas imposibles.

Habíamos escuchado durante años que jamás ganaría un Mundial.

Y, aun así, seguíamos ahí.

Cada cuatro años.

Con la misma esperanza.

Con la misma camiseta albiceleste.

Argentina perdió contra Arabia Saudita y sentí que todo se derrumbaba demasiado pronto. Ya conocíamos esa sensación. Mi papá y yo la habíamos vivido varias veces.

Pero este equipo siguió avanzando.

Partido a partido.

Gol a gol.

Cábala a cábala.

La mía era que, si Argentina ganaba el Mundial, mi gato recibiría un segundo nombre: Lionel.

Era una promesa absurda, exactamente el tipo de promesa que uno hace durante un Mundial.

Y, mientras Argentina avanzaba, yo empezaba a creer que tal vez tendría que cumplirla.

Hasta llegar a la final.

Y ahí estaba mi papá.

Sentado conmigo.

Como cuando yo tenía diez años.

Como cuando gritamos el gol de Maxi Rodríguez.

Como cuando lloramos la final de 2014.

Como en todos los Mundiales de mi vida.

Cuando Argentina finalmente ganó, no pensé primero en Messi.

No pensé en Scaloni.

No pensé en la tercera estrella.

Miré a mi papá.

Y los dos estábamos llorando.

Llorando por el partido.

Por Messi.

Por los años.

Por todas las derrotas anteriores.

Por todos los Mundiales que habíamos vivido juntos.

Sentí que me quitaban un peso enorme de encima. Como si el fútbol me devolviera algo que llevaba décadas esperando.

Como si me dijera:

Aquí está.

Este era el momento.

Tu momento con tu papá.

Una parte de mí murió ese día porque había conseguido la victoria más grande de todas.

Pero también entendí algo.

La felicidad no es un destino final.

No es una copa levantada en un estadio.

No es una foto congelada en el tiempo.

La felicidad es algo que uno construye todos los días.

Y los Mundiales me recuerdan eso.

Por eso sigo creyendo en ellos.

Porque tienen algo mágico.

Porque durante un mes entero el mundo entero parece compartir una misma conversación. Porque los pequeños países hacen soñar a millones. Porque aparecen héroes inesperados. Porque la gente se reúne con amigos, hermanos, padres e hijos para ver algo que, en teoría, es solo un juego.

Y porque, cuando pienso en los Mundiales, no pienso primero en los goles.

Pienso en mi papá.

Pienso en dos camisetas de Argentina sentadas frente a un televisor.

Pienso en el tiempo pasando.

Y pienso que, a pesar de que este año no veremos todo el Mundial, sé que nos quedan varios en los que seguiremos poniéndonos la albiceleste y derramando lágrimas de felicidad o de tristeza, como siempre.