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El doctor Bayter pone en duda lo que llamamos “normal”

El doctor Bayter cuestiona por qué aceptamos el cansancio cotidiano y qué esperamos de una vida más larga.

La palabra que mejor explica al doctor Bayter quizá sea “normal”. En su entrevista con Storylate, la usa para hablar de dormir menos de seis horas, vivir bajo estrés o pasar el día sin energía. Le llama la atención una curiosa regla de etiqueta. Quien rechaza una copa o decide acostarse temprano suele tener que dar explicaciones. Quien pasa la semana entera diciendo que está agotado puede contar con la comprensión de casi todo el mundo.

Bayter tiene facilidad para reconocer esas contradicciones. Su blanco favorito es la palabra “saludable”, un adjetivo que, a su juicio, aceptamos con demasiada facilidad cuando aparece en una caja de cereal. Él prefiere “sanador”. La elección dice bastante sobre su manera de comunicar. A Bayter le interesa que la persona que prepara el desayuno se pregunte quién le enseñó a comer así y por qué lleva años dando por buena la respuesta.

Como divulgador, tiene un estilo reconocible. Repite “yo decido” al hablar del sueño, la alimentación y el ejercicio. La fórmula le da ritmo a su discurso y sitúa al oyente en el centro de sus decisiones. También revela dónde su argumento se vuelve discutible. Una cosa es decidir a qué hora irse a dormir. Afirmar, como hace Bayter, que uno decide si va a enfermarse le atribuye a la voluntad un poder que va mucho más allá de elegir un hábito.

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Su quinto libro, El código de la longevidad sana, cuyo lanzamiento anuncia para el 18 de noviembre en Colombia, recoge la pregunta más personal de la entrevista. ¿Para qué queremos vivir más años? Bayter habla de conservar la fuerza, tener energía y disfrutar de lo que uno todavía quiere hacer. “La esencia de la vida está en que cada año que viva, lo viva en plenitud”, dice.

Esa inquietud también da forma a Implacable, su conferencia de noventa minutos. El título promete severidad, aunque Bayter describe una ambición bastante íntima. Quiere que alguien encuentre un motivo para cambiar mientras todavía se siente bien, antes de que una crisis le imponga otra rutina. Resulta curioso en un hombre con tanta facilidad para producir frases memorables que, cuando le preguntan por los resultados, termine hablando de plazos de uno, dos o tres años. Para el conferencista, la prueba de esos noventa minutos empieza a la mañana siguiente, cuando cada persona vuelve a decidir qué hacer con su día.

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