Publicidad
Dark Mode Light Mode

Desde el fondo del mar (y del escenario)

Entre luces, risas y sudor, La Octava convirtió a Bob Esponja en una lección viva de amor, comunidad y fe artística.

Hace unos meses me volví a acercar a La Octava y terminé estando backstage en el musical de Bob Esponja de esta academia. Entre cables, maquillaje y canciones encontré algo más que una obra: una familia. Encontré optimismo en los ojos de jóvenes que creen que el teatro todavía puede cambiar algo. Y lo que vi ahí —entre el sudor, los gritos y las risas— fue una lección de amor.

El teatro siempre huele distinto antes de que empiece la función.
Huele a maquillaje, a cables calientes, a pegamento y a miedo.
Y desde atrás —desde ese lado del telón donde casi nadie mira— se siente el corazón latiendo más fuerte que cualquier parlante.

Yo estuve allí, entre bastidores, haciendo un poco de todo: llevando agua, preparando sándwiches, cargando utilería, ayudando en lo que podía. En el programa del teatro figuré como Ponchi, una pieza que quiero creer que todas las producciones artísticas deberían tener, solo para que me inviten.

Publicidad

Durante el show (solo el del domingo) fui Fred, ese pez infortunado de Fondo de Bikini que siempre grita “¡mi pierna!”. Pero esta vez, si Fred fue el más desafortunado de los peces, yo fui el más afortunado de todos. Porque lo que vi en esas semanas no fue solo un musical: fue una comunidad.

Fue un grupo de adolescentes y adultos que entendieron que el arte no se hace por fama, sino por amor.

El proyecto empezó en un local sin nombre de Plaza Merliot, con paredes que apenas contenían la energía de tanto ensayo. Allí estaban Andrea Ruiz e Iván López, los padres de La Octava, que desde hace años se propusieron profesionalizar el teatro musical en El Salvador. Ellos lo dicen con una mezcla de cansancio y orgullo:

“Bob Esponja marca una evolución. Es nuestra primera producción con derechos internacionales. Un paso lógico, un salto que teníamos que dar”.

Y lo dieron.

Junto a ellos, Jesús Garibay, el director escénico mexicano, dijo algo que todavía me resuena:

“El musical no es solo canto y baile. El musical es cambio. El musical es salir del teatro siendo una mejor persona.”

Jesús se vio reflejado en los jóvenes de La Octava, porque él también empezó a los 16 años, en una academia como esta. Decía que lo más bonito era ver ese mismo brillo en los ojos de los nuevos, ese mismo temblor antes de salir a escena.

Y sí, había nervios. Pero también había una fe inocente —y a la vez profundamente profesional— en que hacer teatro musical en El Salvador es posible.

Emy Mena, asistente de dirección y una figura ya conocida en el mundo artístico salvadoreño, cuidó esa parte invisible de la obra que hizo que todos pudieran creer: el alma del grupo.

“Mi trabajo fue velar por los vínculos. Que se sintieran seguros, que disfrutaran el proceso. Que descubrieran que son talentosos, y que pueden.”

Y lo logró. Lo que más me impresionó fue verlos como familia. Cuando alguno se cansaba, había otro para sostenerlo. Cuando una escena no salía, el grupo entero volvía a intentarla.

Y ahí tuve la dicha de estar: atrás, entre pelucas y risas nerviosas, viendo cómo La Octava volvía a hacer magia. Porque eso fue lo que pasó: La Octava llevó Bob Esponja, el musical al Teatro Presidente, y por un par de noches, Fondo de Bikini se mudó a El Salvador.

Los Bobs

Camila González, “la Cami”, fue Bob el sábado. Optimista, brillante, con esa alegría que se pega. Un Bob feliz, que hacía que toda la energía del escenario girara con ella. Florence Umaña tomó el papel el domingo. Su Bob fue diferente, pero igual de esperanzado. Sonreía, cantaba, observaba: otro pulso, la misma luz.

Dos Bobs distintos, igual de sinceros, que contagiaron felicidad y esperanza por el arte en nuestro país.

Patricio Estrella

Wilfredo Argueta fue puro corazón. Su Patricio no era tonto: era inocente, transparente. El amigo que no entiende nada, pero te hace entenderlo todo.

Arenita Mejillas

Jem Dimas fue una ardilla que podía cantar. Su voz angelical hacía pensar cómo es posible que una ardilla suene tan bien. Cada nota parecía tener polvo de estrella.

Sheldon J. Plankton y Karen

Andrés Aguirre fue el villano más encantador, y su número de rap quedó en la memoria del público. A su lado, Katy Argueta como Karen fue pura electricidad: cómplice, seductora, precisa.

Calamardo y Don Cangrejo

Victoria Zepeda dio a Calamardo el lujo de ser interpretado por un artista tan grande como el personaje. Jorge Mira, como Don Cangrejo, hizo reír a todos con solo abrir la boca.

Las Perch Perkins

Luna ValleSusan Iraeta y Sofía Padilla fueron tres versiones de la misma risa. Breves, pero luminosas.

La narradora y la señora Puff

Alison Martínez, como Mademoiselle, narró con un acento tan encantador que uno no sabía si escucharla o reírse con ella. Giuletta Franco, como la señora Puff, imitó con precisión y humor cada gesto.

La alcaldesa del fondo del mar

Alejandra Jiménez debutó con nervios y gracia. Cuando habló a su cardumen, el miedo se volvió risa. A su lado, Óscar Campos fue su guardia y cómplice.

El ensamble

Cielo PalmaGrisette PalaciosMariana CaballeroBrandon AlfaroÓscar CamposRodrigo FloresGaby ArteagaDaniela Baires y Walter Zaragoza hicieron del fondo del mar un ecosistema vivo.

Charlie Murcia, coreógrafo, y Daniela Baires (o mejor dicho Daniela Bailes), con apoyo de Óscar Corcio, lograron que cada movimiento fuera un acto de fe colectiva.

Los que hacen que todo suene y brille

Iván López y Florence Umaña, coaches vocales, cuidaron cada nota.
Andrea Morales, en vestuario, hizo magia con todo lo que tocó.

Los padres del fondo del mar

Andrea Ruizcompany manager, fue el corazón operativo.
Iván López, productor, el ancla que hacía posible lo imposible.

Juntos, los padres de La Octava: los que no solo creen en el teatro, sino que lo crían, lo alimentan y lo empujan.

El arte como comunidad

Entre bastidores aprendí que el teatro no se trata de aplausos, sino de encuentros. En ese lugar donde todos sudan, cantan, corren, olvidan líneas y las recuerdan al último segundo, lo que queda no es el error ni el éxito: es el amor.

Bob Esponja, el musical fue —sin exagerar— una obra sobre creer.
Creer que una comunidad puede levantar algo grande si lo hace con alegría. Creer que el color, el canto y la risa todavía pueden ser una forma de resistencia. Y creer que, aunque el fondo del mar quede lejos, basta con un poco de fe para construirlo sobre un escenario.

Porque cuando las luces se apagaron la última noche, me quedé quieto, viendo cómo todos se abrazaban. No eran niños ni adultos. Eran artistas. Y pensé: si este es el fondo del mar, entonces ojalá nunca tengamos que salir a la superficie.

This will close in 0 seconds