Publicidad
Dark Mode Light Mode

El tiempo se sienta en primera fila

Una conversación con Otto Rivera y Emy Mena sobre el tiempo, la memoria y el acto de dirigir dos realidades a la vez.
Elenco de "Cronémica de dos vidas" | Fotografía: cortesía.

Hay obras que uno empieza a ver mucho antes de que se levante el telón. Empiezan como una vibración, como un presentimiento. Cronémica de dos vidas empezó para mí el día que vi dos nombres juntos: una obra escrita por Otto Rivera y dirigida por Emy Mena. No necesité más contexto. Algo en mí dijo que quería estar ahí, que quería ver ese diálogo entre esos dos talentos.

Quise ir al ensayo general. De verdad lo intenté. Quería ver ese primer pulso crudo, ese ensayo donde todavía se escuchan los ajustes, los silencios, las respiraciones que más tarde desaparecen bajo la precisión de la puesta. Pero mi tiempo —como suele pasar cuando una obra habla justamente del tiempo— no se alineó al suyo.

Llegué al día del estreno con una sensación extraña: sabía qué esperar, pero al mismo tiempo no sabía con qué me iba a encontrar. Eso fue porque esa misma tarde, horas antes de que abrieran las puertas, tuve una videollamada con ellos. Fue, de algún modo, mi ensayo general: un acceso íntimo al mundo interno de la obra justo antes de salir a respirar frente al público.

Publicidad

Los encontré en ese estado previo al estreno donde todo está en el aire: nervios sostenidos, adrenalina quieta, una calma que solo existe cuando ya no queda nada que ajustar. Emy tenía esa mezcla entre firmeza y temblor que aparece cuando un director está a punto de soltar algo que cuidó durante semanas. Otto hablaba despacio, midiendo cada palabra con el mismo cuidado con que escribe: como si detrás de cada frase hubiese un pasadizo invisible.

Le pregunté a Otto cuándo había empezado realmente esta obra. Él dijo algo que se me quedó clavado: que Cronémicaempezó antes de tener título, antes de tener escena, antes incluso de tener personajes. Empezó cuando se preguntó qué pasaría si pudiera conversar con una parte de sí mismo que dejó atrás. “A veces uno escribe porque algo se queda dando vueltas mucho tiempo”, dijo, “y si no lo agarro en palabras, termina agarrándome a mí”. Lo dijo sin dramatismo, casi con humor, pero con esa verdad que uno reconoce en la voz.

Emy, por su parte, hablaba del tiempo como si fuera una materia viva. Dijo que dirigir dos temporalidades era “como sostener un hilo elástico con las dos manos, sin dejar que se rompa, pero permitiendo que se estire lo suficiente para que respire”. A veces cerraba los ojos mientras lo explicaba, como si lo estuviera viendo de nuevo: los cuerpos moviéndose, las transiciones respirando, el pasado y el futuro coexistiendo en la misma línea de luz. Para ella, la obra era un mapa emocional. “Los personajes no viajan para ver qué pasó o qué viene”, dijo. “Viajan porque necesitan entender qué de sí mismos sigue moviéndose en el tiempo.”

Mientras los escuchaba, pensé que ellos mismos estaban viviendo su propia cronémica: Emy viendo hacia adelante, Otto mirando hacia atrás, y ambos encontrándose en un presente que estaba por convertirse en pasado para cientos de personas esa misma noche.

Hablamos también de lo que significa dirigir algo que no pretende ser espectacular, sino honesto. Emy insistió en que su trabajo no era mostrar dos tiempos distintos, sino lograr que el público sintiera que los personajes cargaban el tiempo en el cuerpo.

La producción reúne a un equipo grande, un tejido que me explicaron con la calma de quien reconoce el trabajo colectivo como su verdadera raíz. El elenco: Paola Miranda, César Pineda, Maru Gálvez, Neto González, Regina Cañas, Luis Callejas y Mariam Santamaría. La dirección física de Roberto Cardona, la música original de Óscar Luna, la escenografía de Gisela Estrada y Mónica Bolaños, la construcción de Sinérgica, la iluminación de William Castillo, la asesoría de vestuario de Gabriela Centeno, la producción general de Larissa Maltez, con Steven Chamagua como asistente.

Y a ellos también hay que aplaudirles. El audio y sonido fueron claves para poder guiar los saltos y meternos en ese mundo de una manera mucho más profunda. El espacio escenográfico, hermosamente práctico, de Bolaños, Estrada y Sinérgica, acompañó las actuaciones de un elenco muy diverso que muestra el gran trabajo de Dioniso Compañía Artística.

Otto Rivera y Emy Mena.

Dioniso Compañía Artística nació en 2018, cuando aún era Proyecto Dioniso, y siempre ha trabajado alrededor del arte como un acto colectivo de transformación. Escuchándolos, comprendí que Cronémica es un punto de inflexión para el grupo: no solo por su escala o su ambición, sino por la forma en que entrelaza nuevas dramaturgias con un proceso colaborativo que sigue en la búsqueda desde la prueba/error, dispuesto a experimentar y dialogar desde lo interdisciplinario. Mencionaron casi al pasar que la obra cuenta con el apoyo del Centro Cultural de España y será parte del VIII Festival Hispanosalvadoreño de Teatro 2026. Lo dijeron sin grandilocuencia, pero la idea era clara: el tiempo de la obra ya está viajando al futuro incluso antes de cerrar su primera temporada.

La llamada terminó con una honestidad que pocas veces escucho antes de un estreno. Un dúo emocionado por esa noche, sabiendo que esa noche iban a desnudar parte de su alma en el escenario.

Horas después entré al Teatro Luis Poma con el eco de sus voces todavía fresco. Me senté en la oscuridad, escuché el murmullo previo, sentí el aire moverse. Es el único momento del día en que el tiempo deja de ser una obligación y se convierte en un visitante. Cuando las luces bajaron, la sala se transformó en esa membrana donde todo se vuelve posible. Y ahí entendí lo que habían querido decir.

La obra no me contó una historia. Me contó un movimiento interno. Me recordó que hay preguntas que no se responden con lógica, sino con memoria. Que hay silencios que pesan más que los diálogos. Que el cuerpo recuerda cosas que la mente ya decidió olvidar. Que el tiempo, cuando se mira de frente, no es un enemigo, sino un testigo.

Vi en escena lo que Otto describió como “hablar con partes de uno mismo”. Vi lo que Emy llamó “sostener un hilo elástico”. Vi personajes que no viajaban para cambiar nada, sino para ver si todavía dolía igual. Vi el tiempo no como un recurso narrativo, sino como un personaje más.

Y lo que más me sorprendió fue la simpleza profunda con la que todo sucedía. Nada estaba exagerado. Nada estaba forzado. Todo se movía con el ritmo exacto de algo pensado con cuidado y sentido con verdad. Había escenas donde no pasaba casi nada, pero pasaba todo. Escenas donde el tiempo se hacía blando. Donde uno podía escuchar incluso lo que los personajes no decían.

Cuando la obra terminó, la sala tardó un segundo más en respirar. Fue ese segundo —ese pliegue minúsculo del tiempo— donde sentí que la llamada de la tarde, el ensayo que no pude ver y la obra que ahora estaba frente a mí finalmente se habían alineado.

Salí del teatro pensando en algo que no dije en la llamada, pero que ahora entiendo mejor: viajar en el tiempo solo es una excusa.

El tiempo se sienta en primera fila.
Y nos mira.


🎭 TEMPORADA DE ESTRENO
📅 13, 14, 15 y 16 de noviembre de 2025
📍 Teatro Luis Poma, San Salvador, El Salvador
️ Entradas: $10 general | $7 estudiantes con carné
🔗 www.teatroluispoma.com
📲 @Dioniso.Co en Instagram y Facebook

This will close in 0 seconds