“Virgin” es el tipo de título que solo Lorde podría hacer sonar como una declaración de poder en vez de vulnerabilidad. Hoy, la artista neozelandesa lanzó su cuarto álbum de estudio, y con él, una nueva era que no pide permiso ni da explicaciones.
Virgin se siente como un paso decidido hacia adelante. Un retorno a la oscuridad, sí, pero no a la de Melodrama —esa era la tristeza bañada en neón— sino a una especie de hiperrealismo emocional donde cada beat tiene peso y cada silencio, intención. La producción, a cargo de la propia Lorde junto a Jim-E Stack, suena limpia, precisa, casi quirúrgica. Como si después de pasar por la psicodelia del sol, lo único que quedara fuera una verdad sin maquillaje.
Recientemente, en Baby’s All Right —el bar que ha visto crecer a medio Brooklyn y a toda la Gen Z neoyorquina— Lorde presentó el disco a un grupo selecto de fans. Testigos de primera fila de una artista que ha dejado de jugar con la idea del pop alternativo y simplemente se lo ha apropiado.
Y si algo puede medirse con números, es su gira: UltraSound, la más ambiciosa de su carrera, ya agotó múltiples noches en venues como el Madison Square Garden, el O2 Arena de Londres y el Kia Forum. En menos tiempo del que tarda en subir un reels, las entradas desaparecieron. Se agregaron fechas. También se agotaron. Dos noches en el Barclays Center, vendidas en lo que dura una canción de Pure Heroine. El culto Lorde sigue vivo, pero ahora tiene estadio propio.