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Ponchi, Chai y las rocas

Cuento #5 de la colección digital de Ponchi.
Ilustración por Yaya Flamenco.

Cuando Xime me invita a la playa, es toda una aventura. Cuando uno llega, siente que el resto del mundo se quedó un poco atrás. Como si el planeta siguiera funcionando, pero a un volumen menor.

Llegar a Isla Negra siempre produce una alegría rara. Es un viaje corto, pero mentalmente parece más largo. Uno sabe que va hacia algo hermoso, así que uno quisiera poder teletransportarse y evitar el tráfico para estar ahí desde la primera hora de la mañana.

Isla Negra es una casa frente al mar. Una casa bonita. Una casa donde ocurren cosas pequeñas que luego se sienten más grandes.

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Por ejemplo: Chai en el mar.

Chai Alberto Styles es el perro de Xime. Es un labrador retriever. Un perro negro y bastante grande. Grande de verdad, de esos que cuando quieren el sofá, este es solo para ellos.

Tiene cara de bebé, pero cuerpo de perro que todavía no entiende bien sus propias patas. Corre como si hubiera recibido instrucciones contradictorias sobre cómo ser un perro.

Pero tiene una misión clara en la vida cada vez que llega a Isla Negra: las piedras.

La playa, dependiendo de la marea, está llena de ellas. Piedras lisas. Piedras redondas. Piedras que parecen haber sido pulidas por miles de años de paciencia oceánica.

Caminar ahí requiere cuidado, pero siempre lo hacemos, con o sin los famosos aqua socks. Uno avanza despacio. El pie duda. Las piedras se mueven. Pero Chai no.

Chai entra al mar como si fuese su dueño. Nada entre las olas con concentración absoluta. Sus patas delanteras a veces tocan el fondo, a veces no.

De pronto se detiene. Hunde el hocico. Y aparece con una piedra en la boca. La piedra más grande que puede cargar.

Nada con ella. Trota con ella. Camina por la playa como si hubiera descubierto un fósil importantísimo. Luego la deja caer sobre la arena. Clac. No para romperla. Para mostrarla. Como diciendo: miren.

Uno sabe que si se voltea hacia la orilla, ahí andará el gigante amable con sus piedras, y cuando uno sale del mar, descubre algo extraño.

Hay ocho piedras alineadas. Tal vez nueve. Tal vez diez. Una colección. La colección privada de Chai.

Algunas incluso Chai las sube por las escaleras de piedra que llevan desde la playa hasta la casa. Cargadas con cuidado, pero con mucho orgullo. Las piedras aparecen cerca de la piscina.

Ahí comienza otro juego. La piscina cambia un poco la física del universo para Chai. Ahí deja de ser perro.

Se convierte en algo más cercano a una foca. Flota. Gira. Hace pequeños movimientos con las patas como si estuviera recordando un paso de baile que aprendió en otra vida. Parece una bailarina suspendida en el tiempo.

Quieto, mirando el fondo. Pensando.

O tal vez esperando. Y entonces se hunde. Desaparece bajo el agua.

Un segundo. Dos. Tres. Y vuelve a salir con una piedra que le pidió a alguien que tirara al fondo de la piscina.

Fue en uno de esos momentos que me di cuenta de algo raro. Chai no estaba buscando piedras al azar. Chai estaba siguiendo algo. No visible, ni lógico. Pero claro para él. Como si hubiera una piedra especial que todavía no aparece. Una piedra correcta. Una piedra final. Y por un momento pensé en esa idea peligrosa que aparece a veces en la vida.

La idea de que hay algo ahí afuera que vale la pena seguir sin entenderlo del todo. El conejo blanco. La canción que no sabes por qué te gusta. La calle por la que decides caminar sin saber muy bien por qué. O el perro que entra al mar una y otra vez a buscar piedras.

Y en ese momento me di cuenta de algo todavía más absurdo. Tal vez todos estamos haciendo exactamente lo mismo que Chai. Tal vez todos estamos nadando entre olas invisibles, recogiendo pequeñas piedras que nos parecen importantes.

Un trabajo. Una casa. Un recuerdo. Una canción. Las ponemos en fila. Las miramos.

Y pensamos: miren. Esto también estaba ahí.

Pero la verdadera diferencia entre nosotros y Chai es que Chai no se complica. Chai no se pregunta si la piedra tiene sentido. Chai no escribe ensayos sobre la piedra. Chai no duda de la piedra. Chai simplemente la encuentra, la celebra y vuelve al agua.

Porque sabe algo que a veces olvidamos.

El mundo está lleno de piedras. Y si uno tiene suerte, también está lleno de momentos para ir a buscarlas.

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