Ponchi y el hummus comienza con algo que casi nunca digo en voz alta: soy palestino. Mucha gente lo sabe, pero yo no hablo mucho de eso. No porque no me importe, sino porque siento que no estoy lo suficientemente cultivado para hablar como se debe de una historia tan grande, tan dolida, tan larga. Aun así, hay cosas que sí sé. Sé que estoy a favor de Palestina. Estoy a favor de su historia. Estoy a favor de esos rasgos que me hacen tan árabe. Moreno del lado de mi mami y árabe del lado de mi papi.
De paisano, Ponchi es muchas cosas, pero sobre todo es alguien que ama la comida árabe. La hecha en casa de su abuela los sábados. La ama de verdad. Y eso fue lo que se detonó esta mañana, porque ya hacía tiempo que no había tenido la dicha de comer algo así.
Me levanté temprano para ver jugar a un equipo de fútbol inglés que, desde hace casi veinte años, ya no es lo que alguna vez fue. Aun así, sigo creyendo que hay que apoyar. Porque quién sabe. Tal vez este sea el año.
Mientras veía el partido, se me metió una idea fija en la cabeza. Tenía ganas de hummus. Escribí a un lugar donde siempre tienen buen pan pita y buen hummus. Desgraciadamente no contestaron. Para colmo, estaba sin carro. Y sin carro todo se vuelve un poco más complicado. Claro, ahora existe Uber y yo también quería salir de la casa. Quería tomar el sol, porque en mi apartamento no pega el sol. Quería hacer algo distinto en mi último domingo antes de regresar a trabajar.
Así que pedí un Ubermoto y me fui a Daily Bread. Llegué, pedí hummus. No tenían. Pedí pan pita. Agradecí. Pensé que me iría a otro lugar donde venden hummus. No es tan bueno como el de Daily Bread, pero serviría para acompañar el día.
El Uber me llevó hasta allá. El lugar estaba cerrado. El motorista me vio la cara y le dije que no se preocupara. Él me respondió que no, que el que no se preocupara era yo. “¿A dónde quieres ir? No te cobraré”, me dijo. Le pedí que me dejara en el súper. Aceptó.
Llegamos. Me bajé. Crucé las calles y empecé a buscar cosas que me ayudaran a construir la receta del día. ¿Encontré tahini? Desgraciadamente no. Pero sí encontré ajo negro. Con eso bastó. Herví los garbanzos. Los licué. Les puse aceite infusionado con ajo y picante, ese que había comprado antes en Daily Bread.
Abrí los aguacates. Les puse aceite, dos limones, un poco de sal, un poco de Tajín. Saqué unas baby carrots y las serví en un recipiente pequeño. Me serví una copa demasiado grande de vino rosado y me senté a disfrutar de un gran almuerzo.
Antes de comer estaba escuchando una canción de José José. Porque la buena música aparece en cualquier momento. Hoy en día, Humano Studios y su Latin Funk hacen cosas que uno no se espera. Después puse Her, una de esas películas que te recuerdan lo hermosa que es la vida. Que a veces duele, sí, pero que aun así insiste.
Pensé, otra vez, que tal vez este sí sea el año.
Pero la verdadera razón por la que escribo hoy no es el hummus, ni el fútbol, ni el vino, ni la música. Es porque quiero contarles lo que vi en el camino.
En el camino del súper hacia mi apartamento, después de haber hecho las compras, pude haber pedido otro Uber. No lo hice. Decidí caminar. Es un arranque de vida raro, caminar desde Masferrer hasta el Cantón del Carmen, pero es uno que a veces paga con pequeñas revelaciones. Caminar me permite ver cosas que desde una ventana o desde un asiento no existen.
Vi a un perrito intentando ser un detective sobrenatural, ladrándole con convicción a unos fantasmas que solo él podía ver. Su familia lo contuvo con paciencia y lo subió a un carro, como si también supieran que hay batallas que no vale la pena explicar. Vi a una chica que había comprado dos panes y una bolsa de azúcar, como si su día entero dependiera de eso. Vi un calzoncillo perfectamente doblado encima de un basurero, limpio, ordenado, como si alguien hubiera querido despedirse de él con dignidad.
Vi unas manos blancas marcando un muro de piedra. Manos que no pedían nada, solo decían: por aquí pasó alguien. Como señales primitivas, como un lenguaje anterior a las palabras, indicando que alguien estuvo ahí antes que yo, que alguien tocó la pared y dejó constancia. Más abajo, casi borradas, otras manos más pequeñas insistían en no desaparecer del todo.
Vi a una señora intentando destrabar una alcantarilla que el gobierno se rehúsa a limpiar. Lo hacía con una mezcla de enojo y costumbre, como si supiera que nadie más iba a hacerlo. Vi la calle, vi a la gente, vi las grietas, vi lo que normalmente se esquiva con prisa.
Un amigo que ya no es lo que una vez fue, pero que ahora es más serio y más sabio, me pasó saludando. No hablamos. No hizo falta. Caminé, subí, sentí el peso leve de las bolsas y recordé, sin ninguna razón extraordinaria, lo hermosa que es la vida. Incluso cuando duele. Incluso cuando no hay hummus. Incluso cuando todo parece estar esperando, otra vez, a que este sí sea el año.