No quiero creer que soy especial ni que soy el único que ve el mundo a mi manera. Sin embargo, quiero contarles a esas personas que ya no ven el mundo con magia lo mágico que es mi mundo.
Conocí a las cosas el día que una pajilla decidió no servirme para nada. No se dobló, no se rompió, no desapareció. Simplemente se negó a cumplir su función. La sostuve frente a la boca y la pajilla, muy digna, permaneció inmóvil; fallé una y otra vez. Ahí entendí que las cosas no están para obedecer, sino para opinar.
Desde entonces empecé a prestar atención. No a las grandes cosas, porque esas siempre hacen ruido, sino a las pequeñas. A la silla que, a pesar de estar todo el tiempo dentro de mi apartamento, ensucia el suelo donde baila cuando pienso en nuevos cuentos. Al semáforo que se pone en rojo cuando voy tarde. Todas esas cosas parecen cobrar vida si uno les presta atención y, a veces, una oreja.
Intenté ignorarlas, dije: “Esto es normal, a todo el mundo le pasan cosas”. Fue inútil. Las cosas se acercan cuando uno finge normalidad. Aparecen justo en el momento en que estoy seguro de que nada importante va a pasar. Ahí están. Mirando. Esperando ser malinterpretadas. Llegan a veces durante reuniones con clientes, en el tráfico, en el baño… donde menos las espero.
Al final, todos tenemos cosas que contar; hasta tú, lector, que no sabes qué estás haciendo leyendo mis cuentos, tenés tus cosas…
Una vez discutí con el espejo de mi sala. Sospecho que el espejo, que lo dejaron aquí, estaba editando la verdad. No mintiendo, solo acomodándola para que yo viera algo que esperaba no ver. Desde entonces saludo a los espejos con educación. Nunca se sabe qué están tramando.
Con el tiempo entendí que nunca iba a entender las cosas. Quieren ser observadas con un poco de humor y bastante desconfianza. Si me pongo a analizarlas demasiado, se vuelven tímidas y no me hablan. Si me río de ellas, se ofenden y planean su venganza. El equilibrio está en tomarlas en serio solo a ratos, como hago con casi todo lo importante.
No busco moralejas. Las cosas tampoco. A veces una cosa es solo una cosa que me recuerda algo más. A veces es una excusa para pensar cinco minutos más de la cuenta. A veces me salva el día sin saberlo; a veces me lo arruinan sin pedirme permiso.
Estos cuentos no traen respuestas. Es más bien un catálogo de encuentros. Yo y las cosas no explicamos el mundo. Apenas lo exploraremos, lo empujamos un poco más allá de la realidad y lo dejaremos ser.
Si después de leer esto una cosa te mira distinto, no es culpa mía. Las cosas siempre estuvieron ahí. Solo estaban esperando que alguien les hiciera caso.