Me ha tocado andar en carro mucho más de lo habitual.
Me ha tocado recorrer 229 kilómetros de ida y de regreso.
De San Salvador a Ciudad de Guatemala, varias veces entre 2025 y 2026.
Ya aprendí a hacer esos viajes. Los prefiero hacer solo. Para mí son un ritual.
El ritual empieza de la misma manera y a la misma hora: 3:45 de la mañana.
Todo está en silencio. Vincent lo está. La casa lo está. Hasta yo lo estoy.
Todavía siguen dormidas las voces de mi cabeza y, por eso, el camino se siente limpio, como si no tuviera interferencias. Manejar antes del amanecer es la única forma que tengo de llegar a un lugar sin arrastrar el ruido del día.
Me subo a Jeff D’Ambrosio, mi Mitsubishi Outlander Sport que vino de Estados Unidos. Me gusta pensar que mi camioneta tuvo una vida más intensa en el pasado, quizá ligada a algún grupo de mafiosos en New Jersey, y que ahora descansa en Centroamérica. La trajeron sin el bumper frontal, le hicieron una reconstrucción facial y ahora vive una nueva vida haciendo viajes largos y silenciosos conmigo. Pero esa es otra historia, para otro cuento, para otro momento.
Cuando me dirijo a Guatemala, el objetivo es siempre el mismo: llegar a la frontera antes de que salga el sol. Me gusta cruzar justo cuando el amanecer empieza a entrar al país, como si yo llegara escondido tras la luz.
A veces pienso que no voy hacia el amanecer, sino que huyo de él.
Siempre termino reduciendo la velocidad después de cruzar la frontera y entro a Guatemala. Siempre decido tomar un descanso de mi carrera contra el tiempo cuando me encuentro cerca del desvío hacia la Cueva de Andá Mirá, en Jalpatagua, Jutiapa. Cuando manejo por ahí siempre veo vallas, fotos y promesas de agua cristalina y de descanso. Siempre digo que algún día voy a de verdad detenerme, voy a ir y mirar la cueva, pero nunca lo hago.
Solo bajo la velocidad, miro y sigo. El hotel y restaurante de la Aldea El Coco insiste en recordarme que ahí hay un oasis. Yo insisto en pasar de largo, pero en una de esas, cuando ya estaba alejándome, vi a una gallina cruzar la calle.
No había metáfora todavía. Solo una gallina. Caminaba con cuidado hacia un pequeño charco de agua estancada al borde del asfalto. Cruzó como cruzan todos los animales en carretera: sabiendo que el riesgo existe, pero cruzando igual.
Alrededor había chuchos. Perros flacos, perros de pueblo, perros que viven donde no hay aceras. Aguacateros. Perros que no pueden pedir Uber, ni subirse a un bus, ni escapar rápido. Perros que la mayoría desprecia solo por existir en un lugar incómodo.
Ellos saben que atravesar la calle puede costarles la vida. También saben que quedarse donde están es otra forma de morir despacio. La mayoría de los carros no busca detenerse ahí. Nadie va de turismo. Todos van de paso.
Ir de paso en la vida se parece mucho a eso.
Hay quienes se quedan en su pequeño territorio porque moverse duele. Y hay quienes cruzan la calle, aunque sepan que pueden no llegar al otro lado. Perros, gallinas, personas. Gente que sale de su zona de confort buscando algo distinto, algo mejor, esperando encontrar un lugar donde no los miren con “feo”, donde puedan vivir tranquilos.
En esos momentos siempre pienso lo mismo: qué asco la indiferencia. Qué asco la falta de empatía. En estos viajes he visto demasiada muerte, y no necesariamente física, al borde de la carretera. Demasiadas vidas, historias y sueños que se quedaron a medias. Gente que salió a buscar algo y no lo encontró.
Mientras el cielo empieza a aclarar y yo sigo manejando, pienso que quizá todos somos eso.
Gallinas cruzando la calle antes de que amanezca.
Con la esperanza de llegar al otro lado sin que nadie acelere justo en ese momento.
