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Ponchi y los cocos

Cuento #7 de la colección digital de Ponchi.

Hay vendedores que venden productos y hay vendedores que venden persistencia.

Por mi casa pasa un camioncito que vende cocos.

No los vende discretamente. No los vende con elegancia.

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No los vende con una estrategia de marketing segmentada por audiencias.

No.

Los vende repitiendo:

—Coco, coco, coco, coco, coco, coco, coco.

Durante minutos.

Horas, si uno está deprimido.

Un perifoneo insistente que ya se ha vuelto un clásico, como el de las verduras o el de las papas.

Yo casi nunca compro coco.

Soy fan del coco. Del agua de coco, un poco menos.

He comprado coco a ese camioncito exactamente dos veces en mi vida.

La primera fue porque el camioncito pasó tanto tiempo estacionado frente a mi casa que llegué a pensar que tal vez existía un acuerdo implícito:

Uno compra un coco y ellos se retiran.

Como esos videojuegos donde derrotás al jefe final y desaparece la música.

Tenía reuniones esa tarde y necesitaba un poco de paz.

Compré mi agua de coco.

Y me sorprendí al ver el panelito abrir su puerta y, dentro, ver hieleras llenas de bolsas de agua de coco.

Además, yo venía saliendo de unos problemas gastrointestinales que no voy a describir porque todos tenemos dignidad.

Y pensé: “Bueno, si algo necesita este cuerpo es hidratarse”.

Compré el coco.

El camioncito se fue.

Funcionó.

La segunda vez ocurrió un domingo.

Me desperté temprano y feliz.

No feliz tipo influencer.

Feliz tipo persona que vio ocho películas en una semana y siente que ha aprovechado la existencia.

Había desayunado un cold brew casero con agua mineral y unas pupusas compradas en descuento.

Era una mañana excelente.

Y entonces escuché:

—Coco, coco, coco, coco, coco.

Me asomé por la ventana.

El camioncito estaba estacionado a una cuadra, con las puertas medio abiertas y la grabación sonando.

Como si alguien hubiera dejado un mantra tropical reproduciéndose en bucle.

Entonces hice algo que me enseñó mi mamá:

Mi mamá me enseñó un chiflido extraordinario. No un chiflido cualquiera.

Un chiflido capaz de llamar barcos. Capaz de reorganizar migraciones de aves. Capaz de localizar personas desaparecidas. Si algún día me pierdo en una montaña, tengo fe en que me encontrarán gracias a ese chiflido.

Así que chiflé.

Nada.

Volví a chiflar.

Nada.

Grité.

Nada.

Entonces pasó un señor cerca del camioncito.

Y le grité:

—¡Hey!

El señor volteó.

Miró hacia arriba.

Y por un segundo pareció una escena de Romeo y Julieta.

Solo que Julieta estaba despeinada, en boxers y con antojo de agua de coco.

—¡Aquí arriba! —le grité.

El señor señaló hacia mí.

El camioncito avanzó unos metros.

Se detuvo.

Y de él se bajó un niño.

Miró hacia arriba.

Segundo Romeo.

Segunda oportunidad para el amor.

—¿Qué quiere? —gritó.

—¡Agua de coco!

—¿Cuántas?

—¿Cuánto cuestan?

—¡A dólar cincuenta!

—¡Deme dos!

—¡Va!

Y desapareció.

Yo me quedé esperando.

Porque uno nunca sabe si está comprando coco o participando en una obra de teatro experimental.

Pero pensé:

“Bueno, si realmente me va a vender el coco, voy a tener que bajar”.

Lo cual implicaba ponerme pantalones.

Y uno subestima la cantidad de decisiones filosóficas que ocurren entre estar en boxers y ponerse pantalones un domingo.

Finalmente bajé.

Cuando llegué al portón, ahí estaba el niño.

Esperándome.

Con una bolsa y dos aguas de coco dentro de ella.

—Qué bueno que paró —le dije.

—Es que voy aprendiendo…

—¿Primera vez?

—Sí. Mi primer día vendiendo agua de coco.

Y me sonrió.

Con esa mezcla de nervios y entusiasmo que tienen las personas cuando todavía creen que cualquier trabajo se puede hacer si hay buena voluntad.

Entonces pensé:

Bueno. Hoy voy a comprar coco con entusiasmo.

Le di cinco dólares.

Y el niño dijo:

—Ya le traigo la otra bolsa.

Regresó unos segundos después.

Pero la otra bolsa no tenía más agua de coco.

Tenía carne de coco.

Montones de carne de coco.

Como un premio secreto.

Como si hubiera desbloqueado contenido adicional.

Como si el universo hubiera dicho: “Gracias por participar”.

Me fui caminando con mi tesoro tropical.

Y la trilogía del coco termina con esta última historia.

Unos días antes había estado atrapado en tráfico.

Iba a recoger un traje.

Ya sabía que me iba a estresar.

Hay viajes que empiezan con un destino.

Y otros que empiezan con resignación.

Este era de los segundos.

Pero entre los carros apareció un vendedor.

Vendía dulces y conservas de coco rallado.

Compré uno.

Y durante veinte minutos de tráfico fui feliz.

No porque desapareciera el tráfico.

No porque los carros avanzaran.

No porque la ciudad hubiera cambiado.

Sino porque iba comiendo coco.

Y entonces entendí algo.

La felicidad tiene un pésimo sentido de la proporción.

A veces llega por un gran amor.

A veces llega por una película que te cambia la vida.

Y a veces llega porque un niño, en su primer día de trabajo, te regala una bolsa extra de coco.

Uno pasa años persiguiendo respuestas enormes.

Buscando propósito.

Sentido.

Destino.

Iluminación.

Y de repente aparece alguien en una camioneta gritando:

—Coco, coco, coco, coco.

Y resulta que la alegría estaba estacionada a una cuadra de tu casa.

Esperando que te pusieras pantalones.

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