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Ponchi y sus cintas

Cuento #3 de la colección digital de Ponchi.
Ilustración por Yaya Flamenco.

Los que me conocen y me han visto saben que casi siempre ando con las cintas sueltas. Siempre me dicen que me voy a caer, que es peligroso. Que me puedo tropezar… Que debería amarrármelas mejor, hacerles doble nudo, asegurarlas. No es que no pueda hacerlo. No es que no tenga fuerza en los dedos. Ni es que no sepa cómo.

Todavía recuerdo la historia del conejito: cruza, rodea, pasa por arriba y por abajo, se enrolla, aprieta y listo: un nudo perfecto, un amarre correcto. Uno de esos en los que la gente confía. Y aun así, siempre se me sueltan.

Una o dos veces casi me caigo por culpa de ellas y de unas escaleras eléctricas. Lo siento, mamá. No fue tan dramático como suena, pero sí lo suficiente para que alguien me dijera: “Te lo dije”.

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El setenta por ciento de las veces siento que es decisión mía que estén sueltas. No me molesta verlas bailar con cada paso que doy, con cada movimiento. No me molesta que anden ahí, rozando el suelo, arruinándose poco a poco, ensuciándose con cada kilómetro caminado.

Desde que vi la película por primera vez, quise las zapatillas de Marty McFly: las Nike MAG, esas botas grises de Back to the Future II que se amarran solas, como si supieran exactamente cuándo apretar y cuándo dejarte ir. Esa tecnología fue hecha para mí.

Siempre me parecieron una genialidad. Uno de esos gadgets que deberían existir en la vida real, como los paquetes de hamburguesas deshidratadas de McDonald’s que se meten en el microondas y salen como las hamburguesas falsas de las vallas publicitarias, o el robot que te hace el nudo de la corbata, también del increíble mundo de Spy Kids. Cosas útiles. Cosas pequeñas que te quitan preocupaciones absurdas del día. Cosas que el Ponchi de 7 años soñaba con tener y que el Ponchi de 33 está enojado porque no existen todavía.

Claro que también está la hoverboard, pero eso ya es otro nivel, un poco más fantasioso. Eso es algo que cualquier persona en su sano juicio querría tener. No cuenta.

Volviendo a lo nuestro. Mis cintas siempre estarán desamarradas. Es mi manera de entender que no tengo que controlar todo, que no todo tiene que estar atado. Que no todo debe estar en su lugar exacto, simétrico y seguro. Y sí, creo que algunas cosas pueden estar sueltas. Y eso está bien, como la narrativa en estos cuentos.

De hecho, a veces pienso que si las amarrara bien, algo se rompería. No afuera, no en las zapatillas. Algo adentro. Como si apretar demasiado fuera una forma elegante de olvidarse de respirar.

Las cintas sueltas me recuerdan que voy en proceso hacia donde nunca lo sé, o tal vez sí, pero decirlo en voz alta solo me pone nervioso.

Pero sí sé que voy avanzando y que no tengo que llegar impecable. Que puedo avanzar con errores visibles, con puntas gastadas, con los bordes deshilachados. Que caminar no siempre es una línea recta ni una coreografía ensayada, y esas me cuestan…

También me recuerdan que puedo detenerme. Que si tropiezo, no es una tragedia, es una pausa. Un momento para mirarme los pies, sacudir el polvo, reírme un poco de mí mismo y seguir.

Así que sí, Ponchi y sus cintas seguirán sueltas. Porque no todo en esta vida necesita doble nudo. Algunas cosas solo necesitan espacio para moverse. Y otras, simplemente, permiso para ser como son.