Esta mezcla de romance, tenis y melodrama fue recibida como una obra maestra moderna, digna de figurar entre lo mejor del año. Sin embargo, para los votantes de la Academia, la historia fue otra. Cuando se anunciaron las nominaciones, Challengers quedó en un incómodo silencio: ni una mención para la trepidante banda sonora de Trent Reznor y Atticus Ross, ni para el hipnótico tema “Compress/Repress”, ni siquiera para un guiño a Justin Kuritzkes en guión, cuyo nombre habría resonado en intrigante paralelo al de su esposa, Celine Song. Y, por supuesto, nada en la codiciada categoría de Mejor Película.
Para muchos, esta omisión ha sido desconcertante. ¿Cómo es posible que la Academia haya pasado por alto una película que conquistó corazones en internet y conversaciones en sobremesas? La respuesta yace en una combinación de percepciones, estrategias fallidas y, por qué no, un poco de mala suerte.
En Hollywood, existe un movimiento casi coreográfico conocido como el “giro hacia el prestigio”. Es el momento en que una película comercial se transforma, ante los ojos de los votantes, en algo digno de admiración artística. Fue lo que sucedió con Everything Everywhere All at Once, que disfrazó su caos cómico bajo un mensaje familiar que resonó profundamente con la Academia. Pero Challengers, con sus aires de melodrama estilizado, nunca tuvo esa ventaja emocional. Y luego vino el golpe del calendario: originalmente programada para estrenarse en el Festival de Cine de Venecia 2023, una huelga de SAG-AFTRA frustró su debut glamoroso, privándola de ese toque europeo que tantas veces se traduce en prestigio. MGM optó entonces por retrasar su estreno hasta abril, un movimiento que la dejó a nueve largos meses de las nominaciones, una eternidad en la volátil memoria de los votantes.
A pesar de su éxito moderado en taquilla —50 millones de dólares en el mercado doméstico—, la película no logró el tipo de números que suelen impulsar a un contendiente al Óscar. Y si bien el ruido en internet mantenía viva su presencia cultural, la verdadera batalla se libraba en el terreno físico, donde las apariciones personales de los actores y cineastas son clave para mantener una campaña relevante. Aquí, Challengers enfrentó una desventaja insalvable.
Zendaya, su protagonista, estaba dividida entre este proyecto y Dune: Part Two, mientras que Guadagnino parecía más comprometido con su otro trabajo del año, Queer, una cinta más íntima que él mismo consideraba prioritaria.
A eso se sumaba la ausencia de sus dos actores principales, Mike Faist y Josh O’Connor, quienes estaban inmersos en otros rodajes durante la temporada crucial de premios. En contraste, figuras como Monica Barbaro, de A Complete Unknown, aparecieron incansablemente en festivales, proyecciones y eventos, asegurándose así un lugar en las nominaciones. La lección es clara: la visibilidad importa tanto como el arte.
En retrospectiva, Challengers no carecía de méritos ni de talento, pero le faltó algo que la Academia demanda con creciente insistencia: el espectáculo de la campaña. En un ecosistema donde incluso la autenticidad parece cuidadosamente calculada, Challengers se quedó sin la estrategia para convencer a los votantes de que su tenis estilizado y sus intrigas románticas eran más que entretenimiento; que también eran arte.