Cuando el Vaticano invitó a Javier Cercas a escribir un libro sobre el papa Francisco, muchos pensaron que era un encargo imposible. ¿Qué hacía un ateo declarado, anticlerical militante y laicista convencido viajando junto al pontífice hasta Mongolia, uno de los países con menor presencia católica del planeta? La paradoja es, precisamente, el punto de partida. Cercas se define sin rodeos: “Soy ateo. Soy un impío riguroso. Pero aquí me tienen, volando hacia Mongolia con el vicario de Cristo en la Tierra”. El viaje no solo es físico: es también una búsqueda íntima, motivada por la promesa de preguntar al Papa si su madre volverá a encontrarse con su padre en el cielo.
El libro, mezcla de crónica, ensayo, biografía y autobiografía, es un experimento literario que Cercas asume con humor y riesgo. No se trata únicamente de retratar al “loco de Dios”, sino de exponer la mirada del “loco sin Dios” que lo sigue hasta el fin del mundo. Y en esa tensión entre dos locuras se despliega un diálogo mayor: el de la fe y la razón, la máscara y la verdad, Francisco y Bergoglio.
Aunque el encuentro directo con el Papa sea breve, las conversaciones con su entorno —teólogos, asesores y hombres de confianza— revelan claves sobre la Iglesia y sus contradicciones. Cercas no siempre obtiene respuestas, pero logra lo esencial: provocar preguntas. Y ese, quizá, sea el verdadero milagro del libro.