No es una obra que pretenda reinventar el género ni aspira a convertirse en un hito formal. Su impulso nace de otro lugar: la honestidad con la que acepta lo que quiere ser. Divierte. Se ríe con los demás, nunca de ellos. Se deja llevar por el ritmo de un ensamble que entiende que la comedia necesita complicidad.
Y quizás por eso, más que un montaje sobre el glam rock ochentero, lo que Rock of Ages termina contando es la historia de un grupo de artistas que debutan, tropiezan, se exponen y se reafirman. De un equipo que, sin grandes discursos, confía en que el “primer paso” sigue siendo un acto revolucionario. En un país donde pocas veces se permite fallar en público, LOLEK se atrevió a plantar a un grupo de debutantes frente al público más exigente que puede tener un creador: el del Teatro Luis Poma. Y se plantaron allí con una convicción sencilla pero contundente: perseguimos sueños porque perseguirlos nos solidifica.
Adaptar Rock of Ages al contexto salvadoreño no es sencillo, y cualquiera que haya visto la versión original lo sabe. La obra es hija de una cultura muy específica: el glam rock estadounidense de los ochenta, con su mezcla de irreverencia, exageración, ironía y guitarras estridentes. A eso súmele referencias locales, chistes sobre el imaginario norteamericano y un personaje alemán que, llevado de forma literal, podría sentirse ajeno o descolocado en un país donde el humor popular suele preferir lo directo.
Aun así, el montaje salvadoreño resuelve esa distancia con una honestidad transparente. La tropicalización nunca fuerza el guion para parecer algo que no es; más bien apuesta por dejar que las transiciones fluyan, que la complicidad con el público se construya de forma orgánica y que el elenco cargue con la tarea de traducir el espíritu más que los detalles culturales.
El primer acto corre con energía: ligero, movido, casi impaciente por llevar a la audiencia hacia ese primer encuentro con la historia. El segundo acto se permite un inicio más lento, y no necesita disculparse por ello, porque Rock of Agessiempre ha sido un musical donde el clímax verdadero llega al final, cuando las primeras notas de Journey detonan la respuesta inevitable. La espera es parte del encanto y, en esta versión, funciona.
El ensamble sostiene gran parte de esa magia. Bryan Lestrange, Adri Cortez y Luciana Sandoval destacan en sus roles y en la tarea más difícil del teatro musical: sacar risas y sonrisas. De Bryan y Adri ya era de esperarse, pero la actuación de Luciana sorprende.
Pero el desafío más complejo no ocurrió sobre el escenario, sino detrás de él. Todo el equipo trabajó para transportar a la audiencia a Sunset Strip. El diseño de luces —también a cargo de su directora, Ale Pinto, con el apoyo de William Canastillo— es uno de los elementos mejor logrados de la obra: sostiene la atmósfera, acompaña la narrativa y hace que uno se sienta dentro de la historia, no como un simple espectador.
El vestuario, maniobrado por Majo Bustamante, complementa esta inmersión al dar vida a personajes cuyos atuendos fueron escogidos, confeccionados e imaginados con precisión. Y la banda, dirigida por Kiko Arteaga, funciona como un personaje más: interactúa con el elenco y, aunque permanece siempre en escena, nunca se siente fuera de lugar.

Igualmente, es importante destacar que hay obras que, por su naturaleza, exigen un elenco con perfiles vocales muy específicos. Rock of Ages es una de ellas: tonos altos, energía constante, un rango vocal exigente. Encontrar voces capaces de responder no solo a lo dramático, sino también a lo musical fue una tarea de búsqueda casi quirúrgica. Como explica la directora Ale Pinto: “Tenés que hacer un cast de personas que no solo puedan interpretar un papel, sino que puedan cantar las partes que esos papeles exigen. Es una música muy difícil por el género. Y ahí estás descartando a mucha gente”.
Escuchar esas voces divertirse con las canciones es un privilegio, incluso cuando a veces eran opacadas por el sonido de la batería, pero cuando se les daba su espacio lograban hacer vibrar el teatro.
Con una mezcla de trayectoria y primeras veces, LOLEK apostó por un elenco no homogéneo. Un elenco con experiencia, sí, pero también con la frescura de quien pisa un escenario por primera vez. Porque, como coinciden Ale Pinto y la productora Alexia Funes en distintos momentos, nadie se convierte en artista profesional si nunca se le da la oportunidad de intentarlo.
Cuando empieza la entrevista con Alexia Funes, productora de Rock of Ages, no tarda en aparecer el hilo conductor de todo el proyecto: el teatro musical como un acto de dignificar. No de adornar, no de maquillar, no de olvidar. Dignificar.
Alexia lo explica sin solemnidad, casi con la urgencia de quien necesita poner una verdad sobre la mesa: “Yo vengo del mundo del teatro musical. Tratando de canalizar toda esa energía fue que estudié publicidad, pero mi corazón siempre estuvo aquí. A mí lo que verdaderamente me mueve es ese potencial de la gente, dignificar a cada persona en eso lindo que tiene dentro. Me encanta decir que el mejor arte es el de hacer felices a los demás”.
En su visión, LOLEK no es solo una productora: es un espacio de impulso, de oportunidad. Y por eso insiste en que su responsabilidad, y la del equipo, es construir caminos donde otros puedan crecer.
“Vamos a seguir trabajando para que eso sea una realidad. Ya lo estamos haciendo. Tenemos maestros de música que han estado trabajando en teatro musical todo el año. No se desanimen, no dejen de soñar”.
Y luego hace un giro que vale la pena subrayar: el mensaje no es solo para los jóvenes, también para quienes creen que se les pasó el tiempo.
“A las personas adultas, mujeres u hombres, nunca es tarde. Yo soy mamá, esposa, tengo responsabilidades, y aun así estoy aquí. El poder de los sueños y el trabajo disciplinado es lo que hay que buscar”.
Quizás por eso, cuando habla del elenco, Alexia insiste en la importancia de mezclar experiencia con primeras veces. “La magia de la primera vez”, la llama, esa chispa que no se repite. Y agrega que esa mezcla no solo forma artistas, sino que crea una cultura de respeto dentro del proceso: “Es importante darle la oportunidad a quienes quieren hacerlo y quieren poner los medios y la disciplina para trabajar”.
Esa fe en el talento nacional también la lleva a tocar un tema que, aunque incómodo, sigue siendo una herida abierta: el poco valor que se le da al trabajo local. “La gente está dispuesta a pagar muchísimo por un artista extranjero, pero vender menos el trabajo salvadoreño le duele. Esto requiere muchísimo trabajo, recursos, desvelos. Y tiene un precio. Creo que poco a poco estamos educando a la gente”.
Pero quizás su reflexión más íntima aparece cuando habla del Teatro Luis Poma y de lo que significa estar allí. No lo dice como triunfo personal; lo dice con una mezcla de respeto y gratitud. Para ella, don Roberto Salomón representa un liderazgo que no necesita gritar para ser influyente.
“Cuando yo regresé de Panamá, mi propósito no era imponer lo que aprendí. Era valorar y darle el lugar a quienes estuvieron antes que yo. Yo admiro a don Roberto porque cuando nadie hablaba de teatro, él hablaba de teatro. Eso es una gran lección”.
La posibilidad de montar la obra fuera de la temporada oficial del teatro no la desanimó, aunque implicara más riesgos, menos garantías y un espacio más pequeño del que acostumbran. Lo resume con una frase que parece sencilla, pero que es toda una filosofía: “Es bueno no acostumbrarse”.
Si Rock of Ages funciona, es, en buena parte, gracias a la manera en que la obra invita al público a entrar al juego. Y ese juego empieza en el primer minuto, cuando la cuarta pared deja de existir. Esa decisión, más que estética, es una declaración de principios: la risa y la música funcionan mejor cuando el espectador se sabe parte del recorrido.
Ale Pinto, directora de esta versión del musical, lo explica con naturalidad: “Es una de las cosas que más divierte de la historia. Te hace sentir invitado a un espacio. Y en el Luis Poma funciona muy bien porque te permite estar más cerca de los personajes”.
La ruptura no es caótica. Es calculada. El narrador —esa figura que en Broadway es casi un personaje desbordado— aquí opera con dos energías distintas en cada acto, acompañando el ritmo que la directora decidió no interrumpir nunca. Aunque la historia exige momentos más lentos, Ale Pinto evita los blackouts tradicionales y apuesta por transiciones fluidas, casi coreográficas, que ayudan a mantener el movimiento aun cuando el tono cambia.
Su camino hacia la dirección musical no fue improvisado. Antes de ponerse al frente de un montaje completo, pasó por todas las fases posibles: asistente de dirección, apoyo vocal, apoyo musical, logística de ensayos. Lo describe como un proceso de aprendizaje transversal.
“En la universidad me di cuenta de que el teatro musical se me daba fácil porque la música siempre había estado en mi vida. Y cuando vine a El Salvador, tuve varias oportunidades como asistente de dirección. Ahí aprendí los tiempos, los procesos, cómo abrir cada disciplina. Fueron muchas obras y fue un paso natural”.
En ese sentido, su primer montaje como directora se siente más como una consecuencia que como un salto. No es casualidad que, al hablar del elenco, Ale Pinto subraye la importancia del compromiso: “Las piezas de teatro musical son monótonas. Cada ensayo es un mini entrenamiento. Vas metiéndole más cositas cada día. Entonces era importante tener gente preparada, o que buscara dar su commitment al proceso”.
Sobre la química entre Drew y Sherrie, dos debutantes en roles centrales, Ale Pinto reconoce la complejidad del reto. No intenta adornarlo: “Fue un proceso de descubrir fortalezas. Y todavía seguimos descubriéndolas”.
Pero quizás su reto más delicado fue evitar la vulgarización del arco de Sherrie, un personaje que pasa por el striptease, la exposición, la caída y la reivindicación, en un contexto salvadoreño donde el humor fácil puede desviar el punto. Ale Pinto encaró ese desafío desde el respeto al texto y la claridad de la intención emocional. El resultado no es moralista ni caricaturesco. La evolución del personaje se siente medida, cuidada e incluso necesaria para que el final tenga el peso que debe tener.
Y cuando habla del tema central de Rock of Ages, lo reduce a su esencia: “La búsqueda de los sueños. Ser honesto con uno mismo. Y darte cuenta, en el camino, de que tu sueño tal vez no era ese, sino otra cosa”. De alguna manera, eso resume tanto la obra como el propio proceso del elenco.
Rock of Ages no necesita querer ser algo que no es. Su valor está en otro lugar: en la decisión de LOLEK de poner en escena a quienes están dando sus primeros pasos, de confiar en nuevas voces sin quitarle espacio a quienes llevan años sosteniendo el teatro musical salvadoreño; en apostar por un elenco que aún está creciendo; en resistir el prejuicio que insiste en que el talento nacional “vale menos”.
La obra no es perfecta. No pretende serlo. Tiene un primer acto veloz, un segundo acto más lento, decisiones creativas que apuestan por lo íntimo más que por lo espectacular. Pero lo que sí tiene es propósito, un propósito que se siente en cada decisión, en cada ajuste del guion, en cada transición sin blackout, en cada nota que el elenco se esfuerza por alcanzar.
En su versión salvadoreña, Rock of Ages se vuelve una metáfora involuntaria: un musical donde todos están buscando algo, intentando algo, descubriendo algo. Donde la risa es un puente y la música un recordatorio de que los sueños, aunque a veces cambien de forma, siguen siendo motores.
En un lugar donde pocas veces se apuesta por lo nuevo, LOLEK decidió hacerlo. Y lo hizo de frente, sin pedir disculpas, sin pretender solemnidad. Como dice Alexia: “Nunca es tarde”.
Tal vez eso sea lo que hace que esta obra, más allá del rock, de las risas y de la nostalgia ochentera, termine resonando. Porque, al final, Rock of Ages no es solo una historia de perseguir un sueño. Es la prueba de que, cuando alguien recibe la oportunidad, ese sueño deja de ser individual y se vuelve colectivo. Y eso, en este país, ya es una pequeña victoria.
La Era del Rock se presenta con un elenco nacional y cinco funciones del 21 al 23 de noviembre. Las entradas ya están disponibles en Smart Ticket, y toda la información sobre la obra y la compañía puede encontrarse en el Instagram de LOLEK: @lolek.sv.