
Afuera, en un edificio comercial sin pretensiones de Ciudad de Panamá, resalta el espacio de UMI, en donde se sirve una de las comidas más memorables de la región. Adentro, el espacio obliga a trabajar con la precisión de quien conoce la estrechez y, aun así, no está dispuesto a sacrificar ambición. Su chef, Kamel Abi Hassante recibe como si te conociera de toda la vida.
Nacido en Venezuela, formado en Caracas y antiguo chef principal del Instituto Culinario de Caracas, llegó a Panamá en 2012 por un proyecto y se quedó por una década. Desde entonces ha trabajado en cocinas decisivas para el crecimiento gastronómico del país, viendo cómo una ciudad aprendía lentamente a comer de otra manera.
Más adelante nació UMI en 2024 como una idea sencilla: un bar oscuro, de tragos serios, música de Biggie y Tupac, y Negronis que se prolongaran hasta tarde. Panamá, pensó Abi Hassan, necesitaba un sitio así. Pero Panamá hizo lo que suelen hacer las ciudades cuando un lugar encuentra su tono: llegó con hambre. Kamel Abi Hassan tiene la rara cualidad de ser tan generoso fuera de la cocina como exigente dentro de ella.
Los clientes comenzaron a pedir comida. El bar empezó a ensancharse, no físicamente, sino en imaginación. Unos años después, UMI aparece entre los mejores restaurantes de América Latina según The 50 Best, una distinción que parece improbable para un local escondido y una cocina donde cada movimiento debe ser calculado.
UMI condensa ese trayecto. No es solo japonés, ni solo bar, ni solo restaurante de moda. Es una conversación entre técnica, apetito, música, hospitalidad y una cierta intuición latinoamericana para hacer del espacio limitado una forma de libertad.
Para mí, que escribo estas líneas, UMI es el mejor restaurante en el que se puede comer comida japonesa en todo Centroamérica. Si se viaja a Panamá, UMI no es una recomendación: es un destino esencial.






