En Hollywood, donde la línea entre el mito y la memoria es tan efímera, Val Kilmer fue algo más raro que la fama: un enigma envuelto en carisma, sellado con un talento crudo e indomable. Esta semana, la noticia cayó como un sismo silencioso: Kilmer, de 64 años, murió de neumonía, apenas unas horas antes de aparecer —por primera vez en años— en la alfombra roja del Festival de Cine de Beverly Hills.
Su voz —grave y nacida para Shakespeare— había sido apagada desde que le diagnosticaron cáncer de garganta en 2015. Pero su presencia jamás abandonó del todo la escena. En 2021, resurgió con Val, un documental armado con sus propios archivos caseros, más confesión que resurrección. Y un año después, por insistencia de Tom Cruise, regresó como Iceman en Top Gun: Maverick, en un cameo tan cargado de emoción que la palabra “actuación” parecía quedarse corta.
Siempre fue Val. Ya fuera imitando con precisión ridícula en Top Secret!, intercambiando sarcasmos con Robert Downey Jr. en Kiss Kiss Bang Bang, o dándole una gravedad extraña al encapuchado de Batman Forever, Kilmer no interpretaba: habitaba.
Kilmer fue un fuego brillante, pero también un misterio: reservado, esotérico, a veces complicado. Pero así llega a menudo el genio: enredado, obstinado, incandescente. Su carrera no fue una línea recta, sino una constelación. Y ahora, intentamos conectar las estrellas que nos dejó.
al Kilmer no fue un mito de Hollywood. Fue algo más extraño y eterno: un artista que desdibujó la frontera entre la creación y el colapso. Un hombre que ardió intensamente, desapareció en cámara lenta y —incluso ahora— se niega a desvanecerse del todo.