Durante años, la experiencia Cadejo funcionó casi al revés de muchos restaurantes tradicionales: uno iba primero por la cerveza y después la comida como complemento de la cerveza. La cocina existía como acompañamiento de la conversación, del after office, del partido, de la tercera IPA de temporada o de una noche larga entre amigos. Con el tiempo surgieron clásicos, como los dados de queso, pero lo culinario no era extravagante, de técnica o especial. Pero ahora Cadejo parece decidido a cambiar completamente esa narrativa.
Cadejo ya no quiere ser únicamente un buen lugar para beber cerveza artesanal, sino que también quiere convertirse en un ecosistema gastronómico con identidad propia.
Y para hacerlo, fichó al chef mexicano Kristian Gutiérrez, un cocinero que no viene precisamente de trayectorias pequeñas. Su recorrido pasa por Londres, cruceros internacionales, Disney Cruise Line, Toronto, el Caribe mexicano y, quizás lo más impresionante, varios años desarrollando conceptos gastronómicos en Dubái, Abu Dhabi, Qatar, Bahréin y Arabia Saudita.
Pero lo más interesante no es únicamente el currículum. Es la visión.
Porque Gutiérrez no llegó a Cadejo pensando en “mejorar el menú”. Llegó pensando en construir personalidad culinaria para cada sucursal. Y eso cambia completamente el juego.
“Cada restaurante tiene que tener su propia identidad”, explica mientras habla de Cadejo Mansión, Cadejo Montaña y Cadejo Playa casi como si fueran personajes distintos. La idea es mantener un menú core compartido entre todas las sucursales —los clásicos que la gente ya asocia con la marca— mientras cada espacio desarrolla platos, técnicas, colores, montajes y experiencias que respondan específicamente a su personalidad y locación.
Es una lógica mucho más cercana a grupos gastronómicos internacionales que a la idea clásica de “cadena de restaurantes”.
Parte del nuevo menú —disponible desde el miércoles 27 de mayo— incluye platos como una cazuela ibérica con patatas bravas y camarón, un salmón acompañado de puré de camote y naranja, tacos inspirados en gyros griegos, un vodka picante de autor y desayunos que probablemente representan el cambio más radical de toda la operación.


Ahí aparecen huevos turcos poco tropicalizados, tostadas francesas cargadas de capas de sabor y el “sandwich de Elvis” reinterpretado con pan brioche artesanal, mantequilla de maní, banana caramelizada y tocino. Todo bajo una obsesión muy específica de Kristian Gutiérrez: que cada plato tenga identidad visual, técnica y narrativa propia.


“Cuando todo es especial, nada es especial”, menciona el chef durante la conversación. Y esa frase probablemente resume bastante bien lo que Cadejo intenta hacer ahora: dejar de llenar el menú de cosas porque sí y empezar a construir platos memorables.
Incluso los postres parecen pensados desde esa lógica. La nueva panna cotta, por ejemplo, será servida dentro de una botella de cerveza Cadejo intervenida visualmente para convertirse en parte del montaje del plato. No es únicamente comida; es branding convertido en experiencia gastronómica de primer nivel y acá algo importante, con precios razonables y accesibles, el cambio en la técnica culinaria y menú no implica una subida de precios nivel fine dining.

Y quizás ahí está el movimiento más inteligente de Cadejo. Porque simplemente Cadejo parece estar intentando construir algo esencial: una identidad propia, con sabores únicos. Ahora no solamente para acompañar la cerveza, sino también disfrutar de la cocina.