Hay empresarios que heredan estructuras, mientras que otros heredan preguntas. Fernando Kriete es del segundo grupo, la de quienes no solo continúan un legado, sino que lo tensionan, lo reescriben y, en el proceso, se permiten evolucionarlo. Más cercano a un sistema operativo que a una figura tradicional del poder económico, Fernando Kriete parece moverse bajo una lógica propia —un “kódigo”, si se quiere— donde el capital, el talento y la tecnología no son fines, sino herramientas para corregir una falla estructural: la desigualdad de oportunidades.
Su historia reciente no empieza en una junta directiva, sino en un experimento social. Kodigo —la academia de tecnología y AI creativa que hoy se ha convertido en uno de los proyectos educativos más ambiciosos del país— nació casi como un acto de rebeldía frente a la inercia institucional. No fue un accidente ni una tendencia tardía: la apuesta por el desarrollo de software ocurrió antes del boom de la inteligencia artificial, cuando aún no era evidente que el futuro laboral se escribiría en líneas de código. Actualmente, Kodigo está liderando la formación en inteligencia artificial en el país con un rol clave en CREAR los trabajos y emprendimientos del futuro. “Los problemas del presente y del futuro se resuelven con las herramientas del presente y del futuro”, dice Kriete, con la convicción de quien entendió temprano hacia dónde se movía el mundo.
Pero reducir Kodigo a una academia sería simplificarlo. En realidad, funciona como un dispositivo de aceleración social: cursos intensivos, diseñados desde la demanda del mercado, que permiten a una persona reinventar su trayectoria profesional en meses, no en años. Es, en esencia, una alternativa pragmática para El Salvador, un país donde el tiempo —y las oportunidades— no siempre sobran.

Ese mismo impulso se extiende a Key Institute, el otro gran frente educativo en el que Kriete participa como cofundador junto a su padre, Roberto Kriete. Si Kódigo es velocidad, Key es profundidad: una universidad pensada desde la empresa privada, con una metodología que combina ingeniería avanzada con habilidades humanas —pensamiento crítico, comunicación, creatividad— en un intento deliberado por formar profesionales resistentes a la obsolescencia tecnológica. Ambos proyectos, aunque distintos en forma, responden a una misma obsesión: construir talento humano tecnológicamente capacitado y audaz, que sea capaz de resolver problemas globales desde El Salvador.

Sin embargo, el “kódigo” de Kriete no se limita a la educación. Hay otra capa, menos visible pero igual de decisiva: la inversión. Desde un fondo familiar, Keymetis Capital, participa en startups locales —desde plataformas inmobiliarias hasta iniciativas tecnológicas— con una lógica que va más allá del retorno financiero. Es, en sus palabras, una forma de “instrumentalizar lo aprendido” para potenciar a otros emprendedores. No se trata solo de capital, sino de “smart money”: redes, experiencia, acompañamiento. Un intento de llenar un vacío histórico en el ecosistema salvadoreño. Este fondo nació como iniciativa de Fernando, y han apostado por startups emblemáticas como Hugo, Applaudo, Propi, Ábaco, Tohkn, Cubo, entre otras más.
Todo esto ocurre en paralelo a su integración en los negocios familiares principalmente en el board de MRO Holdings AEROMAN, donde trabaja de cerca con su padre —a quien describe como su principal mentor— y desde donde absorbe una tradición empresarial construida durante décadas. Fernando aprecia todo lo que ha aprendido de su familia y de los ejecutivos que llevan años trabajando junto a ellos, y absorbiendo todo lo aprendido, ha hecho de sí, casi como un mantra, el poder generar nuevas oportunidades.
Y ahí es donde su narrativa se vuelve más personal. “La gente debería tener la posibilidad de no sentirse limitada por el lugar donde nace”, plantea. No como consigna, sino como línea de acción. Educación, inversión, fundaciones: múltiples frentes para atacar un mismo problema. La idea de “nivelar el campo de juego” no es retórica; es el eje que conecta cada uno de sus proyectos, según lo que conversó con Revista Storylate.
Y, sin embargo, hay algo que rompe con el arquetipo del empresario obsesivo: la música. Antes de todo esto, Fernando Kriete fue DJ y fundador de la productora Istmo Music. Y, de alguna forma, sigue siéndolo. No solo porque mantiene viva esa identidad —“@djferk” como usuario en sus redes— sino porque su forma de operar recuerda a la lógica de una mezcla: capas que se superponen, ritmos distintos que encuentran coherencia en conjunto. Escucha house, trance, drum and bass, jazz. Descubre música nueva con la misma curiosidad con la que invierte en startups o participa de la construcción de modelos educativos.
Quizá ahí resida la clave: entender que su “kódigo” no es una fórmula estática, sino una secuencia en permanente actualización. Una forma de leer el presente sin nostalgia, pero con memoria; de proyectar el futuro sin renegar del pasado, aunque sin quedar atrapado en él. Esa lógica también se filtra en su vida fuera del trabajo. Más allá de su rol empresarial, Fernando encuentra equilibrio en lo esencial: el tiempo con su esposa y sus hijos, y una disciplina que lo conecta con su propia resistencia física y mental —el ciclismo—, donde incluso ha destacado al alcanzar el podio en el Ironman 70.3 El Salvador en formato de relevo, participando en la etapa de bicicleta.

Hay, además, otra constante que atraviesa su historia: la música. De todos los DJs con los que ha trabajado y conocido, su referente absoluto sigue siendo Paul van Dyk, una figura que marcó época dentro de la electrónica global. Hoy, sin embargo, su curiosidad —esa misma que define su manera de emprender— lo mantiene en búsqueda constante, encontrando en Fred Again una de las expresiones más vibrantes de la nueva generación. Porque, al final, tanto en la música como en los negocios, su impulso parece ser el mismo: no quedarse nunca en el mismo track.

En El Salvador el relevo generacional empresarial empieza a tomar forma, y Fernando Kriete no parece interesado en ocupar un lugar predefinido. Prefiere escribir el suyo. Línea por línea. Como si supiera que, al final, todo sistema —también el social— puede ser reprogramado, “kódigo” por código.
